Deniz Poyraz: otra víctima de la ultraderecha turca

“No tengo ninguna conexión con nadie. Entré al edificio porque odiaba al PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán) y disparé al azar”, afirmó Onur Gercer en su primera declaración a la policía. Unos minutos antes, este hombre vinculado a grupos de la ultraderecha turca había ingresado al local del Partido Democrático de los Pueblos (HPD) en la ciudad de Esmirna (Ezmir). Sin vacilar, Gercer comenzó a disparar. Tres balas ingresaron en el cuerpo de Deniz Poyraz, una joven de 39 años militante del HDP, que en ese momento estaba desayunando.

Todavía sediento, Gercer comenzó un incendio en el local partidario. Para ese momento, el cuerpo de Poyraz yacía sin vida.  

A las pocas horas del asesinato, los principales medios de comunicación kurdos difundieron los primeros detalles de Gercer: fanático de las armas, seguidor del grupo terrorista Lobos Grises y reclutado por el Estado turco para sus operaciones militares en el norte de Siria, donde Ankara impulsa la ocupación ilegal de territorios.

En otras declaraciones a la policía, Gercer fue más allá y dijo que su motivación fue ver por internet las imágenes de familiares en una sentada frente a la sede del HDP en Diyarbakir (capital del Kurdistán turco), quienes supuestamente denuncian que ese partido, la tercera fuerza parlamentaria del país, recluta a jóvenes para engrosar las filas del PKK. Después de ver las fotos, el asesino sentenció: “Empecé a pensar con más firmeza que tenía razón en mi decisión”.

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El asesinato de Deniz Poyraz no es un hecho aislado, sino que forma parte de una larga lista de hechos y situaciones generadas por el gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan y sus aliados, principalmente el Partido Movimiento Nacionalista (MHP).

Los triunfos electorales del HDP y el racismo contra los kurdos son el combustible que utiliza el gobierno turco para funcionar. No importa cuándo, dónde o por qué: para la administración de Erdogan la profundización de sus políticas de segregación y control absoluto de la sociedad siempre encuentran como excusa la persecución del pueblo kurdo. Ya sea el PKK, el HDP o cualquier organización de mujeres, cultural o civil, la guillotina afilada por el presidente turco siempre pende sobre el país.

El principal socio político de Erdogan es Devlet Bahçeli, líder del MHP, partido vinculado a los Lobos Grises, una organización terrorista turca que ya tiene varias décadas y se encuentra prohibida y denunciada por la mayoría de los países de Occidente. El miércoles, Bahçeli declaró que Deniz Poyraz era una “terrorista” y la acusó, sin presentar pruebas, de “reclutar” a personas “para trasladarlas a los campamentos terroristas” del PKK. Bahçeli, al igual que Erdogan, calificaron el ataque como “una provocación”. En sus declaraciones, ambos dejaron flotando la duda de si el atentado no habría sido planeado por el propio PKK.

Erdogan, que nunca duda a la hora de emplear su más brutal cinismo, también dijo: “Estamos trabajando para proteger a todos los ciudadanos de este país, sean quienes sean. Turquía tiene el poder, la determinación y la capacidad para luchar contra tales ataques provocadores, grupos terroristas y organizaciones criminales”.

¿Sobre qué habla el presidente turco? ¿Sobre las decenas de miles de personas que su gobierno envió a la cárcel? ¿O de sus vínculos probados con el Estado Islámico (ISIS) y las organizaciones más ultraconservadoras del islam político? ¿O, tal vez, de los millones de dólares que emplea para enviar mercenarios a Siria, Libia o Artsaj? Erdogan demuestra, simplemente, que su política no se contradice con sus mentirosas palabras de condolencia.

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Deniz Poyraz conocía en carne propia qué significa ser kurda en Turquía. Su familia era oriunda de la aldea Xirbêmirîşkê, ubicada cerca de la ciudad de de Mardin, en el sudeste de Turquía. Los Poyraz no fueron ajenos a la represión histórica desplegada por el Estado turco contra los kurdos. En la década de 1990, cuando Deniz era una niña, el gobierno turco desplegó uno de los tantos operativos militares contra la región. Todos y todas recuerdan esa época como la “guerra sucia”.

Por ese entonces, muchos aldeanos de Xirbêmirîşkê fueron obligados a unirse a las fuerzas paramilitares turcas, conocidas como “guardianes a aldeas”. La excusa, como desde hace más de cuarenta años, era la presencia del PKK. Quienes rechazaron sumarse a las filas paramilitares, fueron amenazados, secuestrados o ejecutados.

Debido a esta situación, la familia Poyraz emigró a Esmirna, víctima del desplazamiento forzado. Xirbêmirîşkê fue vaciado y posteriormente quemado hasta sus cimientos por el ejército turco. Entre 2001 y 2002, un puñado de personas volvieron a la aldea, entre ellos algunos familiares de Deniz, que reconstruyeron partes del pueblo desde las ruinas. Pero nadie estaba a salvo en la aldea: al poco tiempo, 80 aldeanos fueron juzgados por supuesto “terrorismo”. El portal Medya News recordó que en septiembre de 2019, 15 habitantes de Xirbêmirîşkê fueron detenidos y torturados por la gendarmería turca. Otra vez, el pueblo fue escenario de la migración forzada. En la actualidad, apenas viven tres familias.

El dirigente del HDP Metin Kaya resumió así la dolorosa historia del pueblo kurdo: “Por esto, nuestra amiga Deniz vivía en Esmirna. Si hubiera podido vivir una vida cómoda en sus propias tierras, tal vez este hecho nunca hubiera sucedido”.

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El mismo día del asesinato de Poyraz, el co-presidente del HDP, Mithat Sancar, brindó una conferencia de prensa en la que denunció que el ataque de Gecer estaba destinado a convertirse en una masacre. El dirigente explicó que en el local de Esmirna se había previsto una reunión de la junta directiva de su partido, en la que iban a concurrir unas 40 personas. La reunión, añadió Sancar, se pospuso con poca antelación.

“Así que no se trataba solo de asesinar a cualquier persona. Estaba destinado a ser una masacre –explicó-. Llevamos meses diciendo esto: el gobierno se alimenta del caos y quiere silenciar a la oposición democrática con amenazas y chantajes. Quieren intimidar al HDP por todos los medios”.

Sancar recordó los ataques sufridos por el HDP entre las elecciones de junio y noviembre de 2015: “En ese momento estaban en juego planes similares. La sede de nuestro partido fue atacada, nuestros militantes fueron asesinados, se arrojaron bombas a las plazas, cientos de personas murieron en atentados suicidas, el país se ahogó en sangre. Y ahora el gobierno se ha dado cuenta de que no puede salir de esta siniestra serie de sangre y quiere causar estragos”.

El co-presidente del HDP remarcó que el edificio del HDP en Esmirna se encuentra “sitiado” desde hace un año y medio, y “todo el tiempo son enviados provocadores de todo tipo”. “Hay innumerables agentes de policía en las inmediaciones todo el tiempo –apuntó-. El perpetrador entró en el edificio de manera bastante abierta a las 10:30 de la mañana con un arma en la mano. Cientos de policías lo ignoraron o lo dejaron pasar”.

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En un reciente artículo, el analista Gokcer Tahincioglu, del portal de noticias T24, hizo varias preguntas con respecto al asesinato de la militante del HDP: ¿cómo hizo Gencer para obtener licencias para poseer armas de guerra?; ¿cómo no fue capturado a pesar de que públicamente difundió fotografías con su armamento, no sólo en Turquía sino también en Siria?; ¿por qué el atacante estuvo meses explorando la zona frente a la policía sin que nadie se percatara de su presencia?; ¿cómo ingresó el asesino a un local en el cual la policía montaba una guardia permanente?; ¿por qué las fuerzas de seguridad no intervinieron hasta que el asesino se retiró y se entregó?; ¿quién cerró su cuenta de redes sociales?

Por ahora, esas preguntas siguen sin respuestas.

Además, Tahincioglu difundió algunos detalles del expediente abierto a Gencer y según el cual el atacante reconoció odiar a los kurdos. Gencer defendió su postura que no estuvo influenciado por nadie para realizar el ataque, pero que su deseo era matar a Abdullah Öcalan, Selahattin Demirtas y Baris Atay, líderes y dirigentes del Movimiento de Liberación de Kurdistán.

En su declaración, Gencer señaló que es psicótico y toma medicamentos, pero que estuvo “lo suficientemente cuerdo” como para responder de forma correcta cuando solicitó una licencia para tener armas. También indicó que con frecuencia se hospedaba en hoteles cercanos al edificio del HDP en Esmirna, desde donde vigilaba los movimientos.

Tahincioglu escribió: “Está claro que el terrorista Gencer no actuó solo, pero se le hará lucir como si fuera así. Hay razones por la que estos terroristas son seleccionados cuidadosamente, protegidos, y por qué sus crímenes de odio y fotos con armas son tolerados. Como hay una razón por la que fueron enviados a Siria. No sabemos cuántos terroristas como este hay, cuántos asesinos potenciales más han sido entrenados. Y qué más puede que el lenguaje de odio de quienes crean este ambiente, donde todo ataque contra el HDP es tolerado”.

El viernes pasado, la agencia de noticias ANF informó que las cámaras de seguridad que registraron a Gencer cuando entraba al local del HDP fueron confiscadas por la policía, que borró las imágenes. Según el medio, “los comerciantes de los alrededores de la sede del HDP revelaron que la policía formateó las cámaras de vigilancia después de tomar las grabaciones de las cámaras de la semana pasada”. “Los comerciantes afirmaron que la policía no citó ninguna justificación legal al formatear las cámaras de vigilancia”, agregó la agencia.

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Crímenes políticos, femicidios masivos, el lawfare en curso contra el HDP (al que el gobierno busca ilegalizar), encarcelamiento de miles de militantes, activistas, periodistas, académicos y referentas del movimiento de mujeres, invasiones militares en otros países de la región, y la restricción cada vez más grande de los derechos de la población de Turquía, son las líneas generales que ostenta la administración de Erdogan.

Aunque en todo Kurdistán y Europa se multiplicaron las protestas por el asesinato de Deniz Poyraz, los gobiernos mantienen un silencio sepulcral sobre la situación turca. La última cumbre de la OTAN muestra de forma cabal la complacencia que los Jefes de Estado tiene con Erdogan.

El día que Deniz fue asesinada, su madre Fehime, intentó ingresar al edificio del HDP para ver el cuerpo sin vida de su hija. La policía se lo impidió. La respuesta de Fahime salió de sus entrañas: “Abran paso, entraré, nadie me puede detener. Mataron a mi hija. Que Dios los mate a ustedes también. Soy madre, tengo derecho a hablar, nadie debería intentar callarme”.

Antes de romper en llantos, Fahime gritó: “El pueblo kurdo siempre está de pie, siempre estarán de pie. Deniz se ha ido, pero vendrán mil Deniz”. Las palabras de una madre cruzada por el dolor resumen la larga historia del pueblo kurdo.

FUENTE: Leandro Albani / La tinta

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