El genocidio, Biden, Paylan y nosotros

La mención del término “genocidio” por parte del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, al hablar de la política de exterminio llevada adelante a partir de 1915 y hasta 1923 en el Imperio Otomano contra los armenios y otras nacionalidades, jurídicamente no cambia nada ni tampoco se convierte en un disparador de sanciones concretas contra Turquía. Es apenas una especie de resarcimiento moral -y tardío- para los millones de descendientes directos de las víctimas fatales y sobrevivientes de aquel crimen de lesa humanidad.

Sin embargo, que el mandatario de la principal potencia militar y económica -que domina, somete y expolia a gran parte de la humanidad- haya catalogado como genocidio lo ocurrido en los albores del siglo pasado, es importante en cuanto elemento que puede, y debemos lograrlo, contribuir en lo concreto a la lucha contra el negacionismo turco.

La historia de las últimas décadas dejó más que claro que el reconocimiento del Genocidio Armenio por parte de los parlamentos y presidentes de decenas de países de los cinco continentes no se convierte por sí solo ni en garantía para que crímenes similares no se repitan, ni tampoco para que el Estado heredero (Turquía) reconozca el crimen cometido, asuma su responsabilidad, pida perdón, intente reparar el daño causado y avance hacia el establecimiento de relaciones fraternas con los pueblos que fueron víctimas del terrorismo de Estado otomano. Por el contrario, año tras año el gobierno fascista de Erdogan endurece su política de opresión sobre los distintos pueblos que habitan Turquía y fortalece la maquinaria estatal terrorista, que persigue, encarcela, tortura y mata a sus opositores políticos.

Uruguay, Argentina y Venezuela son algunos de los países latinoamericanos que hace varios años atrás ya reconocieron y condenaron el genocidio de armenios, al igual que en Europa lo hicieron Francia, Rusia, Grecia y Alemania, por nombrar a algunos. Incluso El Vaticano lo hizo, y también países como Siria, Chipre y Líbano. En definitiva, son más de 30 estados y parlamentos de varias decenas de países los que aprobaron resoluciones condenatorias y de reconocimiento del genocidio armenio.

A pesar de ello, todas esas Repúblicas mantienen relaciones con Turquía, ya sea en los comercial, militar, industrial, cultural, etc. Es cierto que algunos gobiernos, cada tanto, tienen lógicos cortocircuitos -principalmente las potencias-, pero ninguno siquiera intentó o intenta dialogar con las autoridades turcas sobre el tema, sobre la necesidad de enfrentar su propia historia, reconocer lo sucedido y comenzar a cerrar una herida que permanece abierta desde hace más de un siglo. Simplemente, la gran mayoría utiliza el tema del reconocimiento del genocidio armenio como elemento de presión al momento de negociar tal o cual tema, fundamentalmente aquellos que tienen que ver con la preservación de su poder territorial, militar y económico en la región, donde Turquía vuelve a intentar convertirse en protagonista.

¿Y por qué no lo hacen desde una actitud de principios y consecuente?

Sencillamente, porque casi todos -por no generalizar- tienen historias similares. Algunos en el pasado lejano o más cercano, y otros son protagonistas de historias parecidas en el presente, como consecuencia de sus prácticas políticas colonialistas.

Por ejemplo, lo mismo que se le exige a Turquía para con los armenios, asirios, griegos pónticos, árabes, kurdos y otras nacionalidades, también se le podría estar exigiendo a la mayorías de los estados y gobiernos americanos con respecto a los pueblos originarios que habitaban este continente antes de la llegada de los invasores y conquistadores (mal llamados descubridores), desde el polo norte hasta el polo sur.

Sería interminable la lista condenatoria que podríamos elaborar a nombre de decenas de países europeos, quienes no sólo tienen una historia de opresión, explotación y saqueo entre ellos, sino que mantienen sus manos manchadas con la sangre de millones de hombres y mujeres de los cinco continentes, allí donde llevaron sus ansias de dominación, produciendo invasiones, matando, destruyendo y saqueándolo todo. Ni que hablar de la complicidad de varios de ellos con los genocidas turcos, antes y ahora.

Por eso, enfrentar el proyecto panturquista de dominación, llevado adelante por el gobierno de Erdogan -con la complicidad y apoyo de sus aliados de siempre-, vuelve a ser la lucha que une en el día a día a los pueblos de Turquía y la región.

“El genocidio armenio se cometió en estas tierras y la justicia solo puede ser restaurada aquí”, señaló el diputado armenio Garo Paylan, miembro de la bancada parlamentaria del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) en la Asamblea Nacional de Turquía.

Este inclaudicable luchador por la verdad, la justicia, la paz y la amistad entre los pueblos, destacó que “después de 106 años, la Gran Asamblea Nacional es la apropiada para reconocer el genocidio armenio y hacer justicia”, y recordó la historia de su familia: “Huérfanos como mi abuela, sobrevivieron. Ella se fue de este mundo sin ver justicia y mi padre, también. Soy la tercera generación de armenios en Turquía que busca justicia”, denunció desde el recinto de sesiones de la Cámara de Diputados.

“Y con este fin, entregué un proyecto de ley para que la Gran Asamblea Nacional de Turquía reconozca el genocidio armenio, que tuvo lugar en esta tierra y que en esta tierra se logrará justicia”, enfatizó.

Por otra parte, inmediatamente después del mensaje de Biden hablando del Genocido Armenio, varios funcionarios norteamericanos y europeos se dedicaron a dejar en claro que una mirada distinta de la historia no es motivo para poner en crisis las relaciones con su aliado.

“El genocidio armenio tuvo lugar en 1915. La Convención sobre el Genocidio no entró en vigor hasta 1951, y entendemos que, desde una perspectiva legal, la convención no se aplica retroactivamente”, dijo la embajadora de los Estados Unidos en Ereván, Lynne Tracy, en una entrevista brindada a Radio Liberty, descartando la posibilidad de éxito de cualquier tipo de demanda indemnizatoria que intente ser presentada contra Turquía por los herederos de las víctimas.

“Es la respuesta más contenida que podía dar Turquía”, tuiteó el estadounidense Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group, subrayando que Ankara ni siquiera llamó a consultas a su embajador en Washington y tampoco suspendió la reunión que mantendrán Biden y Erdogan el próximo junio durante la cumbre de la OTAN, alianza militar de la que ambos son socios.

El último domingo, el ex ministro de Asuntos Exteriores y ex secretario general de la OTAN, el español Javier Solana, sembró polémica en las redes sociales al asegurar en su cuenta de Twitter que no entiende el reconocimiento por parte de Estados Unidos del genocidio armenio “supuestamente cometido” en 1915. “Una bofetada a Turquía”, escribió el ex alto representante de la Unión Europea (UE).

El martes 27 de abril, el jefe del Comando Central de los Estados Unidos (CENTCOM), Kenneth McKenzie, dijo que la reunión programada para junio entre los presidentes de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, es una “buena señal” para resolver los desacuerdos. Durante un encuentro virtual del grupo de expertos American Enterprise Institute, el general McKenzie llamó a Turquía “un socio de la OTAN desde hace mucho tiempo” y recordó que Estados Unidos está vinculado con Turquía en el Artículo 5 de la OTAN, que establece que cualquier ataque armado contra un miembro de la alianza de la OTAN es un ataque contra todos ellos.

Esta situación, en la que todos pueden exigirle a todos, fue y es aprovechada desde siempre no sólo por los sucesivos gestionadores del Estado turco, sino por cada uno de la mayoría de los países que, por ejemplo, integran la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y se la pasan haciendo conmovedoras declaraciones humanistas, mientras gran parte de la población mundial sigue estando sometida a las injusticias y a las sistemáticas violaciones de la mayoría de sus derechos.

“Discutiré todo esto con Biden cara a cara cuando nos veamos en junio. Le recuerdo que nos conocemos: me visitó en mi casa cuando yo estaba enfermo. ¿Cómo puede envenenar las relaciones con Turquía por los grupos de presión armenios?”, dijo Erdogan en diálogo con los periodistas de su país. “Si usted habla de genocidio, debe mirarse al espejo”, añadió. “También podemos hablar de lo que le sucedió a los nativos americanos, a los negros y en Vietnam”, exclamó.

Más clarito, imposible. Las violaciones a los derechos humanos y los crímenes cometidos por cada uno de ellos, como moneda de cambio para sostener relaciones convenientes para todos. Sin embargo, esta actitud hipócrita no debe convertirse ni en justificativo de las posiciones políticas asumidas por los gobiernos de turno, ni tampoco en obstáculo para nuestra lucha.

Nosotros y nosotras, los millones que en el mundo entero luchamos a diario por la paz y la confraternidad entre los pueblos, por la solidaridad y el bien común, por la igualdad y la plena vigencia de todos los derechos humanos, por la verdad y la justicia, por el fin de la explotación y la opresión, debemos continuar a pesar de ellos y contra su poderosa maquinaria de dominación a escala internacional, que incluye el poder político, económico, militar, tecnológico y comunicacional.

Por más pequeños que parezcan nuestros logros y nuestros éxitos, no lo son así para ellos, porque les estamos demostrando de lo que somos capaces de hacer a pesar de su omnipresencia, de que estamos decididos a seguir dando batalla y a no claudicar.

Lo posible es resignación a perdurar sobreviviendo en este sistema planetario donde unos pocos deciden por todos y se quedan con lo de todos. Debemos recuperar la capacidad de soñar y de creernos capaces de transformar la utopía en realidad. No estamos para repartir o compartir las migajas o lo que “el poder nos asigna generosamente”. No.

Debemos organizar y organizarnos desde nuestras ideas y desde la convicción de que un mundo mejor no sólo es posible, sino necesario y urgente. Y hacerlo realidad es nuestro compromiso, nuestra lucha diaria.

FUENTE: Adrián Lomlomdjian / Nor Sevan

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