El movimiento de mujeres romaníes

Ofrecemos el prefacio al libro El movimiento de mujeres romaníes, de Angela Kóczé, Violetta Zentai y Enikö Vincze (editoras), que será publicado próximamente por la editorial Kaótica Libros. Queremos, de este modo, dar espacio a las voces, las necesidades y los deseos de las mujeres y las niñas gitanas, así como reivindicar los derechos del pueblo gitano. Agradecemos a la autora y a la editorial que hayan confiado en El Rumor de las Multitudes para dar difusión al texto.

Durante la guerra y durante la paz, en países que pueden ser dictatoriales, en transición o democráticos, persiste una realidad básica: el racismo, el clasismo, el sexismo y otros factores interrelacionados han hecho posible objetivar, deshumanizar y amenazar los cuerpos de las mujeres gitanas. Desde ser encarceladas o asesinadas como brujas durante la Edad Media hasta ser esterilizadas por la fuerza en países de la UE (Unión Europea) como la República Checa y Eslovaquia, las mujeres gitanas han visto continuamente cómo sus cuerpos se convierten en el blanco de un odio patrocinado por el Estado. También han sido degradadas, tanto en el pasado como en el presente, como “libertinas” (Hoyland, 1816, 7), como mujeres con “los instintos de putas callejeras” (1) y como mujeres “gitanas (Gypsy) agresivas y apestosas” (Scicluna, 2007). Así que no sorprende que, al igual que sus hermanas afroamericanas, las activistas y académicas gitanas hayan sentido con frecuencia que el sexismo es “insignificante a la luz de la realidad más dura y brutal del racismo” (hooks, 1982).

Teniendo en cuenta estos antecedentes, la teoría de la formación racial nos permitió comenzar a contextualizar las desigualdades que sufren las mujeres y las niñas gitanas, pero esto es solo el comienzo. Luego, en 2003, en el contexto de un escándalo sobre el matrimonio forzoso de una niña de 12 años, Alexandra Oprea, una pionera y valiente académica y abogada gitana, y ex alumna de Kimberlé Crenshaw (2), hacía un llamamiento para reconocer “la naturaleza interseccional de los sistemas de opresión” como una forma más pertinente de abordar las prácticas racistas y patriarcales. Angéla Kóczé ha reforzado ese argumento, pidiendo a los Estados que establezcan “medidas específicas para abordar la discriminación interseccional” (Kóczé, 2009, 7).

Y, de hecho, las experiencias de las mujeres y de las niñas gitanas entran en varias categorías de la interseccionalidad, tanto política como estructural (Crenshaw, 1991). En la práctica, “la raza, la clase social, el género, la sexualidad, la edad, la capacidad, la nacionalidad, la etnia son relacionales” (Collins, 2015), pero hasta ahora, no muchas personas, ya sean activistas gitanos/as, feministas no gitanas, o activistas que narran las historias de otros grupos oprimidos, han adoptado un enfoque interseccional. Esta carencia deja a muchas mujeres y niñas gitanas al margen. Pero en las últimas décadas, para abordar la combinación de raza, clase y cultura, las activistas y académicas feministas gitanas, especialmente las que aparecen en este libro, han analizado la interseccionalidad como un campo de estudio, un marco analítico y una praxis crítica (Ibidem). A menudo han abordado la intersección del sexismo y el racismo y, más recientemente, también la clase social, la identidad sexual y la identidad de género. Sin embargo, algunas mujeres gitanas viven la carga adicional de otros factores, como la discapacidad, la condición de migrante/desplazada interna/refugiada/apátrida, la religión o la edad. No obstante, Letitia Mark sí propone el edadismo como una nueva dimensión de la interseccionalidad, y Enikő Vincze y Angéla Kóczé hacen lo mismo con la clase social (3) (Kóczé, 2009). Por desgracia, todas estas dinámicas y aspectos deben incluirse en nuestros marcos de pensamiento y de práctica.

Sin embargo, las violaciones de los derechos de las mujeres y las niñas gitanas también están cayendo en la trampa de los dogmas y los marcos de derechos humanos orientados hacia casos individuales, que no incorporan la naturaleza colectiva prevalente de las prácticas antigitanas. Los marcos de derechos humanos ponen el énfasis en situaciones individuales y concretas de violación de derechos, aislando un evento discriminatorio de las circunstancias más amplias de la víctima, pero también de la naturaleza estructural e histórica de un fenómeno discriminatorio particular (Freeman, 1977). Por ejemplo, en los casos de esterilización forzosa de mujeres gitanas (Cahn, 2017), las decisiones judiciales han tenido la capacidad de mejorar las leyes futuras y las prácticas actuales y futuras. Sin embargo, no existen obligaciones de reparación establecidas por los Estados hacia el gran número de mujeres gitanas que no pudieron presentar una denuncia ante los tribunales, pero que, de hecho, fueron víctimas de un fenómeno estructural, complejo y de larga duración, no solo de un incidente aislado de discriminación. Por lo tanto, las leyes, las políticas y los dogmas deben revisarse no solo para reflejar un enfoque interseccional, sino también obligaciones de reparación inclusivas y de amplio alcance.

Varias feministas gitanas contribuyeron a este libro y es emocionante verlas compartir sus propias historias y ver la historia del movimiento escrita a través de sus ojos. Digo eso deliberadamente, de acuerdo con la petición de Jelena Savić de autocrítica y autorreflexión. También reconozco el privilegio de mi propia educación, a pesar de que la educación paya dejó sus heridas, despojándome de mis propias fuentes de autoestima e inculcándome dudas sobre mí misma: una supremacía blanca/paya dentro de mí, que tuve que aprender a reconocer y a rechazar. Savić nos pregunta quién nos autoriza a hablar y “¿quién está hablando detrás del significante unificador de la mujer gitana, desde qué posiciones sociales?” en este libro. E innegablemente, las mujeres gitanas de las que hablamos en nuestros encuentros académicos o activistas generalmente se vuelven “anónimas”, estandarizadas, despojadas de su individualidad y de sus experiencias únicas.

Además, haciéndonos eco de la preocupación de bell hooks sobre si la sociedad está realmente interesada en los problemas de las mujeres o simplemente responde a las demandas del mercado, podemos abordar cuestiones similares con académicos/as y activistas gitanos/as y no gitanos/as por igual, como ocurre en la fantástica conversación entre Patricia Caro Maya y Sarah Werner Boada. En su capítulo, plantean que “La construcción de las Kalís como ‘víctimas’ de su ‘cultura atrasada’ (…) está igualmente presente en algunos discursos feministas payos”.

También es interesante leer los diálogos entre mujeres feministas que se dan en algunos capítulos, apreciando no solo la profundidad de su pensamiento sino también la solidaridad y humanidad que transmiten. Nicoleta Bitu y Debra Schultz han cooperado, debatido y desarrollado su camaradería durante más de dos décadas. En un momento importante, Nicoleta expresó las demandas del Foro de Mujeres Gitanas durante el lanzamiento de la Década de la Inclusión Gitana. Lograron incluir el género como una dimensión en los planes de la Década, aunque solo se aprobó como tema transversal, como también recuerda Debra Schultz en este libro. Aun así, el trabajo feminista ha sido limitado, ya que en toda Europa solo un puñado de feministas gitanas, la mayoría de las cuales aparecen en este libro, también están involucradas en el movimiento gitano más general.

A medida que leía cada capítulo, volvía una y otra vez a las preguntas de Jelena Savić, que me parecieron muy estimulantes y que dan qué pensar. Sus temores son compartidos por otras autoras de este libro, que también luchan por comprender y abordar sus propios privilegios, sus posiciones de poder y sus vínculos con las comunidades. Carmen Gheorghe y Letitia Mark intentan reconciliar estos problemas regresando a las comunidades para trabajar directamente con mujeres y niñas gitanas. Vera Kurtić y Jelena Jovanović luchan con las fronteras invisibles entre diferentes mujeres gitanas y las voces de las mujeres invisibles, o lo que Jamen Gabriela Hrabanová y Gwendolyn Albert denominan “potencial sin explotar”. En un artículo anterior, Alexandra Oprea también reconoció este problema, pero explicó que (al igual que Angéla Kóczé, también consciente de su delicada posición, Kóczé, 2009) elige “apropiarse del acto de escribir –en lugar de que escriban de ti– para progresar y tomar el control de nuestras identidades” (hooks, 1982).

Sin embargo, fuera de su pequeño “círculo”, las voces de las feministas gitanas rara vez llegan a tener protagonismo en conferencias, en los medios de comunicación o en la elaboración de políticas. Como Oprea argumentó anteriormente, durante el conflicto matrimonial de Ana Maria Cioaba, Nicoleta Bitu recibió poca atención de los medios de comunicación o de la sociedad, a pesar de ser una reconocida feminista gitana y prácticamente la única en Rumanía en ese momento (2005). Y en 2009, cuando The Guardian informó sobre la violencia doméstica en las comunidades gitanas y nómadas (Traveler) del Reino Unido, no incluyó las voces de las feministas gitanas. “Se cree que las barreras culturales son una de las razones por las que las mujeres Traveler permanecen en relaciones violentas por más tiempo que otras mujeres”, argumentó la periodista (4), sin tener en cuenta cómo el racismo, los ingresos y otros factores permiten y potencian la violencia machista. Aquel artículo contó con varias mujeres, pero no con Lucie Fremlová, una conocida feminista vocal y activista LGBTIQ, que también agrega valor al presente libro al escribir, con Aidan McGarry, un capítulo sobre los conflictos entre el movimiento gitano, el movimiento de mujeres gitanas y las personas gitanas LGBTIQ. Otro lugar donde faltaron las voces feministas gitanas fue el proyecto sobre violencia machista que Teodora Krumova analiza en su capítulo. Ella explica cómo las mujeres gitanas fueron incluidas en la investigación principalmente como informantes con la actitud paternalista que a menudo aplican las organizaciones no gitanas. Dado que las voces feministas gitanas no se incluyen en los discursos mayoritarios, las representaciones de las mujeres gitanas permanecen distorsionadas y demonizadas. Por lo tanto, para mí, la interseccionalidad representativa o “cómo las mujeres de color están representadas en las imágenes culturales” (Crenshaw, 1991; Ravnbøl, 2009) es también un tema urgente que debemos abordar decididamente a nivel local, europeo y mundial.

Además, como nos recuerda Letitia Mark, algunas personas afirman que incluso tener un papel o una voz en el movimiento representa un privilegio para las mujeres gitanas. Y en muchos aspectos eso es cierto, sobre todo en relación con otras mujeres gitanas. Sin embargo, después de más de diez años trabajando en estrecha colaboración con Nicoleta Bitu y con otras mujeres, solo recuerdo unos pocos casos en los que parecían estar en cierta posición de privilegio o de poder en sus entornos de trabajo, y no solo allí. El privilegio se vuelve difuso cuando se enfrenta al sexismo de los compañeros gitanos y a la combinación de racismo y sexismo de los dirigentes payos y de la sociedad. El doble rasero, el paternalismo y las dudas sobre la cualificación de las mujeres gitanas no se abordan ni en el movimiento feminista ni en el movimiento gitano. Si estas mujeres hubieran sido líderes gitanos o payos, sus voces probablemente habrían importado más a sus colegas gitanos y payos. Yo también he experimentado marginación y desconfianza dentro del movimiento gitano y en interacciones con representantes del Estado rumano y de académicos europeos. Y yo estaba en una posición de supuesto poder, como directora de una conocida ONG de derechos del Pueblo Gitano y luego como académica en una importante universidad de Estados Unidos.

Por lo tanto, las muy pocas feministas gitanas que conocemos generalmente no tienen privilegios en su entorno cotidiano, simplemente da la impresión de que es así, como gitanas con estudios y de clase media, particularmente cuando no incomodan a los que están en el poder, ya sean payos o gitanos. En este contexto, lo que destaca es su resistencia y su valiente discurso, que Cornel West denomina “parresia” (5) frente a múltiples formas de opresión, y también su respuesta amable a las mismas personas que las deshumanizan. Esto las ha hecho, junto con otras mujeres de color, no solo “dos veces militantes” (6), como diría Larraine Hansberry, sino también dos veces más valiosas.

De cara al futuro, las feministas gitanas tienen la oportunidad de reflexionar sobre la política de coalición de formas más tácticas. Hay una necesidad de coaliciones más fuertes y creativas con las comunidades gitanas y sus aliados, ya que “las demandas políticas de millones de personas hablan con más fuerza que las súplicas de unas pocas voces aisladas” (Crenshaw, 1991). Y quizás el movimiento de las Gitanas (7) en España, que Anna Mirga-Kruszelnicka analiza en su capítulo, “nacido del reconocimiento de la diversidad y pluralidad de las comunidades gitanas”, pueda ofrecer un modelo de movilización e inclusión masiva de abajo a arriba. Además, para promover un movimiento feminista más fuerte e inclusivo, quizás otras mujeres de color, incluidas las feministas Dalit y las afroamericanas, resulten ser aliadas más naturales y fiables. Finalmente, en el panorama mundial de la opresión, ya sea interseccional o aislada, las feministas gitanas podrían unir sus fuerzas con otros movimientos sociales para contribuir a un proyecto global contra los dogmas y las prácticas represivas (8).

Notas:

1- Declaración reciente del viceprimer ministro búlgaro, Valeri Simeonov, en “Bulgarians unfazed by anti-Roma hate speech from Deputy Prime Minister”, Deutsche Welle, consultado el 3 de enero de 2018 en: https://www.dw.com/en/bulgarians-unfazed-by-anti-roma-hate-speech-from-deputy-prime-minister/a-41183829

2- Crenshaw acuñó el término “interseccionalidad”.

3- Véase el capítulo 5 de este libro.

4- Jill Clark, “Domestic Violence in Gypsy and Traveller Communities”, The Guardian, 13 de agosto de 2009. http://www.theguardian.com/lifeandstyle/2009/aug/14/gypsiestravellers-domestic-abuse.

5- El profesor West explicó este concepto en la clase “Race and Modernity” en la Harvard Divinity School el 21 de septiembre de 2017.

6- https://www.villagevoice.com/2014/02/26/lorraine-hansberrys-letters-reveal- theplaywrights-private-struggle/.

7- En castellano en el original (N. del T.).

8- La autora desea agradecer a Helen Snively por su valioso apoyo editorial.

FUENTE: Margareta Matache / El Salto Diario

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