Reflexiones y contrapuntos subjetivos tras una década de revolución en Rojava

El 19 de julio de 2012 se declaraba la autonomía en la ciudad de Kobane, fecha referente para el proceso de transformación revolucionario que vive el noreste de Siria. Esta década de resistencia y construcción de autonomíanos ofrece valiosas experiencias de las que podemos aprender importantes lecciones. Y ante todo nos deja también profundos cambios y transformación personal a quienes hemos decidido formar parte de la revolución.

Celebrar una década de revolución no es algo que suceda a menudo, y todavía son menos las que pueden seguir llamándose tal después de 10 años. La historia nos ha dejado numerosos ejemplos de luchas armadas y movilizaciones sociales masivas que terminan corrompidas o cooptadas por fuerzas externas a los pocos años. Pero Rojava está logrando no solo sobrevivir, sino ahondar en la construcción de la autonomía democrática, con sus dificultades pero también con autocrítica para evaluar y seguir mejorando. Sin duda hay contradicciones y carencias que, para quienes quieran denostar este difícil proceso de transformación social, les serán útiles razones para hacerlo. Para mí, las cosas que he visto y aprendido aquí condicionan mi forma de ver las cosas. En parte por todo lo que he aprendido aquí, en parte por los vínculos emocionales y vivenciales creados con estas tierras y las personas que la habitan. Esta no es por lo tanto una mirada neutral, objetiva, estéril. Es una mirada de quien, buscando aprender y entender desde una perspectiva de solidaridad crítica, toma partido en el conflicto.

Quienes nos embarcamos en esta travesía para vivir la revolución desde dentro, a menudo encontramos inspiración y paralelismos con la revolución de 1936, iniciada también un 19 de julio. Recuerdo con cierta nostalgia los debates con mi amigo Joan, que andaba leyendo “Homenaje a Cataluña” en los primeros meses de nuestra llegada, cuando nos encontrábamos en nuestra vida diaria con situaciones parecidas a las que describía Orwell en su libro. Esto nos llevó a pensar que en los procesos revolucionarios suelen suceder dinámicas parecidas, y probablemente así sea. Frantz Fanon menciona en su libro “Los condenados de la tierra” la bien conocida cita de “Los últimos deben ser los primeros” para resumir el proceso de descolonización. Imagino que esta frase puede aplicarse a todos los movimientos oprimidos y marginalizados que aspiran a una revolución. Es en estos procesos de empoderamiento, cuando quienes se encuentran al margen de la sociedad pelean por hacerse con su justo lugar en ella, que se desarrollan dinámicas y procesos que se repiten, resonando una y otra vez a través de la historia.

Internacionalismo en el siglo XXI y el eco de las brigadas internacionales

Cuando pisé Rojava por primera vez, hace poco más de cinco años, el tiempo de las YPG como milicias populares –de vecinas y vecinos con kalashnikov en mano, defendiendo sus casas y sus tierras– se iba desvaneciendo poco a poco. La llamada Coalición Internacional contra ISIS, liderada por Estados Unidos, no solo trajo la contradicción de colaborar con la primera potencia imperialista mundial, trajo también la reorganización de dichas milicias en lo que vino a llamarse las Fuerzas Democráticas Sirias. Esta reestructuración militar, que sirvió para expandir los números de combatientes, mejorar su armamento y su legitimidad, trae ciertas reminiscencias de lo que aconteció con las milicias populares del 36, en nuestro caso a petición de la influencia soviética.

Pero en Rojava no hay un KomIntern manejando los hilos, coordinando desde París el traslado de decenas de miles de militantes. No hay una tercera internacional, con decenas de partidos socialistas afiliados, y con capacidad de mandar armamento y brigadas enteras listas para combatir. Quienes viajamos a Rojava lo hacemos mayormente de forma individual, a veces en pequeños grupos, dejando atrás nuestros hogares para unirnos a la revolución. Nuestros números quedan lejos de las decenas de miles que, casi un siglo atrás, viajaron a España para luchar contra el fascismo. Pero eso no nos impide estudiar y trazar paralelismos sobre lo que significó entonces la guerra en España y lo que significa hoy la guerra en Siria, y Rojava en particular.

En 2017, las FDS, en un esfuerzo combinado entre el pueblo kurdo y el pueblo árabe, probaban su eficacia liberando Manbij y luego Raqqa, capital de facto del Estado Islámico en Siria. La guerra fraguó alianzas que permitieron a la administración autónoma, hasta entonces predominantemente kurda, expandirse más allá de sus tradicionales áreas de influencia. Este giro estratégico se dio en sintonía con el paradigma internacionalista del movimiento, buscando unir las fuerzas democráticas más allá de identidades nacionales, trabajando con los diferentes pueblos en un proyecto democrático común para Siria y para Oriente Medio. Más importante que acoger a quienes, proclamándonos internacionalistas, viajamos desde Europa o América hacia Kurdistán, es probablemente este trabajo de unir diferentes pueblos y etnias más allá de sectarismos y conflictos el mayor logro del internacionalismo en Rojava.

Los “occidentales” nos encontramos con grandes contradicciones a la hora de entender las complejas dinámicas inter-étnicas en Oriente Medio. Hace apenas un siglo, el colonialismo Europeo explotó esa gran diversidad a su favor, instigando conflictos y guerras entre distintos grupos que le permitieran establecer su hegemonía colonial. Traemos por tanto esta responsabilidad añadida, pues parte de la riqueza y los privilegios que tenemos son herencia de la colonización y explotación de los pueblos que, ahora, nos enseñan lo que significa hacer una revolución. Y tengo que decir, no sin cierta vergüenza, que la gente aquí no nos guarde rencor alguno. Bien al contrario, nos reciben con los brazos abiertos y nos muestran con paciencia lo que están construyendo, esperando que esta experiencia nos sirva para expandir su revolución (que también es nuestra) más allá de sus tierras. Que llevemos la revolución a nuestros hogares.

Aunque luego, cuando volvemos a casa y tratamos de poner en práctica lo aprendido, pronto nos damos cuenta que no va a ser tarea fácil. Que la revolución de Rojava es el resultado de una larga lista de factores de los cuales, el más relevante, son las décadas de trabajo previo construyendo un amplio movimiento revolucionario. Cuando hevals nos preguntan por organizaciones revolucionarias en nuestras tierras, no es fácil responder. A menudo me he encontrado eludiendo la pregunta con evasivas, hablando sobre lo difícil que es vivir en la modernidad capitalista, sobre el individualismo que impera en occidente, sobre el oportunismo y la falta de compromiso de quienes se hacen llamar militantes o activistas. Tras años dando este tipo de respuestas, empiezo a pensar que, en efecto, son solo excusas, y que la única forma de realmente responder a esas preguntas es aceptar la realidad que vivimos: El derrumbe de las ideas revolucionarias ante el devenir del capitalismo global en occidente. Aceptar esta realidad debe ir acompañada de la voluntad de cambiarla, del compromiso para sembrar semillas que permitan a las próximas generaciones transformar la sociedad sin tener que empezar de cero.

Pero mientras estos aprendizajes y reflexiones me inundaban, con la ilusión y la fascinación de ser parte de una revolución que está ganando -doblegando el terror del Estado Islámico-, una nueva guerra dio paso a una nueva etapa. El Estado Turco, importante aliado y soporte del Daesh, no podía tolerar que el proyecto revolucionario se hiciera con el completo control de la frontera, y en enero de 2018 se iniciaba la primera agresión directa del Estado Turco contra Rojava: la invasión de Afrin.

Una nueva guerra, una nueva era

Las FDS, acostumbradas en esos tiempos a la guerra contra el Daesh, se encuentran de repente frente un enemigo que cuenta con todo el arsenal de la OTAN a su servicio. Aviones de combate turcos bombardean incansablemente las posiciones defensivas, drones armados con visión térmica y misiles guiados “neutralizan” desde kilómetros de altura cualquier elemento que pueda hacer frente a su avance. La guerra cambia, y la resistencia frente al enemigo tiene que cambiar también. Los aviones turcos no habían bombardeado nunca antes Rojava con esta intensidad, pero esta no era una guerra nueva para el pueblo kurdo, pues es una guerra que lleva librándose en las montañas de Kurdistán por más de cuatro décadas. Para las guerrillas del movimiento de liberación, que defienden las cumbres de la cadena montañosa del Zagros-Tauros, los F-16 turcos son el pan de cada día. Desgraciadamente, transmitir estos conocimientos y preparar a quienes combaten en este nuevo frente, es una tarea que no puede hacerse de la noche a la mañana.

No solo el personal militar sufre las consecuencias de la guerra, pues es la población civil la que pierde sus hogares cuando, una vez más, ven como la guerra llama a sus puertas. Recuerdo la historia que me contó Fatma en Ashrafia, barrio en la periferia de la ciudad de Afrin. Fatma había llegado a la ciudad unas pocas semanas antes, y compartía un pequeño piso a medio construir con otras dos familias que, como ella, habían tenido que huir de las bombas turcas. En un árabe todavía incomprensible para mi, una epopeya errante de más de cinco años de éxodo fue narrada ante mí.

Fatma había nacido y crecido en Alepo. Cuando empezó la llamada primavera árabe en 2011, se unió a las protestas con la esperanza de un futuro mejor. A medida que el conflicto militar escalaba, los constantes bombardeos de la fuerza aérea Siria la llevaron a buscar refugio en la cercana ciudad de Manbij, pues desde 2012 los movimientos de oposición al régimen se habían hecho con el control de la ciudad. Desgraciadamente no pudo pasar mucho tiempo allí, pues en 2014 el avance de la barbarie del Estado Islámico la llevó de nuevo a buscar refugio en otras tierras. Así fue como ella y sus tres hijas y dos hijos llegaron a la región de Bilbile, una pequeña ciudad al norte de Afrin. Poco más de tres años después, los aviones turcos empezaron a bombardear los alrededores de su casa y tuvo que huir de nuevo, buscando refugio en la ciudad de Afrin. Por aquel entonces la ciudad se encontraba asediada por el avance de grupos islamistas apoyados por Turquía. Tras una épica resistencia de dos meses, la ciudad de Afrin tuvo que ser evacuada, dejando más de un millón de personas sin hogar. Nuevos campos de refugiados, construidos a toda prisa y sin casi apoyo internacional, se convierten en el improvisado hogar miles de familias que huían del frente de guerra, entre ellas la de Fatma.

Ver los bombardeos en Afrin, presenciar la ciudad asediada por las bombas enemigas, me hizo recordar las historias que mi abuela me había contado de cuando, siendo ella niña, era nuestra ciudad la que se encontraba bajo los bombardeos. Historias de como su padre, mi tatarabuelo, la escondía junto a su madre, hermanas y hermanos entre dos colchones, con la esperanza que si las bombas caían cerca, esos raídos jergones pudieran obrar algún tipo de milagro. Cuando la escuchaba no entendía que podían hacer un par de colchones de lana frente a las bombas o al derrumbe del edificio, pero fue en Afrin que pude dar sentido a esa historia.

Cuando caen las bombas no puedes sentir más que impotencia, angustia, miedo de que alguna caiga demasiado cerca. Una forma de combatir esta abrumadora sensación de impotencia es buscar algo útil que hacer; sentir que, a pesar de las circunstancias, sigue habiendo un resquicio de agencia en tu existencia. Buscar refugio bajo una mesa, proteger a los seres queridos entre dos colchones, coger la cámara y grabar en una dirección aleatoria, son formas de sentir que tienes cierto control sobre la situación, que existes y que hay cosas que puedes hacer más allá de ahogarte en el pánico y la incertidumbre.

Cuando la excepción se convierte en norma

Menos de dos años después de la ocupación de Afrin, el ejército turco y demás grupos islamistas volvían a atacar. Las ciudades de Serekaniye y Gire Spi fueron el foco de atención en la segunda invasión, así como los pueblos y aldeas a su alrededor. También Til Temir y Ain Issa terminaron a pocos kilómetros del frente, sufriendo las pesadas consecuencias de la ambiciosa guerra de Erdogan. La población de Rojava, todavía en shock por la perdida de Afrin, tuvo que asumir una nueva derrota militar; junto con la desgarradora realidad de miles de familias que, de nuevo, quedaban hacinadas en campos de refugiados tras perder sus hogares. La guerra contra el Daesh, a pesar del duro y sangriento esfuerzo que suponía, había sido fuente de ilusión por construir un mundo mejor. Pero esta guerra era distinta, y no era nada fácil encontrar esperanza frente al “Goliath” de relucientes aviones de combate y sibilinos drones armados. Esa zozobra podía sentirse también en la sociedad, que unida a las pesadumbres de la pobreza y la escasez causadas por el embargo económico, dificultaba el día a día de una población agotada tras casi 10 años de guerra.

Importantes avances sociales tenían lugar, pero también importantes retos con los que a día de hoy seguimos peleando. La escolarización en kurdo, las comunas vecinales, las banderas de YPG/YPJ en las plazas y puestos de seguridad ya no eran una novedad. Era la nueva normalidad en los territorios liberados, y tras años funcionando, ya no generaban la ilusión que evocaban los primeros días de la revolución. Las manifestaciones espontáneas celebrando la revolución eran cada vez menos frecuentes. Las cooperativas no resultaron ser mágicas instituciones que solventaran milagrosamente los problemas económicos, sino simplemente espacios de trabajo y producción horizontal que requieren esfuerzo para funcionar. Los consejos de justicia popular no han puesto fin a los crímenes y robos, pero contribuyen a construir un modelo a manos de la comunidad, menos punitivo y más restaurativo. La victoria contra el Estado Islámico no ha supuesto el fin del odio fanático y los ataques salafistas, pero los ha reducido enormemente tras derrotarlo en el campo de batalla, evitando que el fascismo teocrático se impusiera como fuerza hegemónica. La consolidación de instituciones populares y democráticas, con reconocimiento y legitimidad tanto para quienes habitan el nordeste de Siria como para algunas fuerzas exteriores, ha permitido entre muchas otras cosas acoger e integrar de manera admirable a miles de desplazados internos. Y no hablamos solo de quienes habían perdido sus hogares en la guerra contra el Daesh o en los territorios ocupados por Turquía, también familias que se encontraban en otras regiones de Siria, territorios bajo la autoridad del gobierno de Bashar Al Assad que huyen en busca de mejor vida, encuentran refugio en territorios de la Administración Autónoma.

Los avances logrados han de defenderse con cuidado, pues los enemigos de la revolución tienen sus propios planes. Turquía lleva años reasentando sus mercenarios en los territorios ocupados, acogiendo diferentes grupos islamistas, incluidos mandos del daesh. Diferentes grupos islamistas siguen organizando atentados, y aunque sus planes a menudo son mermados, no siempre se les detiene a tiempo. Hace apenas medio año, en enero de 2022, los combates a gran escala volvieron a la ciudad de Haseke, cuando cientos de ex-combatientes del Daesh se amotinaron en la prisión. Algunos lograron escapar del edificio, y durante varios días sembraron el caos en los alrededores del centro penitenciario. La guerra contra Turquía sigue latente, y los frentes alrededor de los territorios ocupados, aunque inmóviles, están activos. Se mantiene una guerra de “baja intensidad”, con constantes bombardeos de morteros y puntuales ataques con drones a objetivos específicos. Estos conflictos se cobran vidas de manera regular, especialmente por los drones que tratan de eliminar comandantes y otros militantes claves, en sus intentos de desestabilizar las cadenas de mando preparando la nueva invasión que viene.

Recuerdo con cierta amalgama de pesar y alivio cuando, visitando algunas familias cercanas, familias que me habían ayudado a aprender su lengua y a comprender mejor como fueron los primeros años de la revolución, me contaban por primera vez sus críticas ante la situación. Quizás era por la confianza y la amistad fraguadas con el tiempo, quizás porque al fin y al cabo yo venía de otras tierras, pero comentarios críticos con algunas decisiones del movimiento eran compartidos entre tazas de té. Esas conversaciones tenían lugar con una extraña mezcla de frustración y vergüenza, de enfado y de impotencia. Familias que habían abierto sus casas desde los primeros días del movimiento, que habían sido parte fundamental de la insurgencia clandestina en los tiempos más difíciles, lamentaban las dificultades por las que pasaban. Y con razón.

Al principio me sorprendió, pues no es común que las familias sean críticas con el movimiento y menos con internacionales. Pero la crítica constructiva es sana y necesaria, y una revolución que no construya un pueblo crítico no merece llamarse Revolución. Es bonito ver que las familias, la gente corriente que sostiene esta sociedad, se sabe con derecho a criticar y pedir cuentas a las y los militantes, pues al fin y al cabo deben rendir cuentas ante el pueblo que aspiran a liberar. Y a veces es también nuestra responsabilidad como revolucionaries internacionalistas inspirar confianza, recoger esas críticas, reflexionarlas y trabajar para ser parte de la solución, no del problema. Quienes venimos de fuera podemos tener cierta facilidad para infundir esperanza, pues cuando alguien que viene de lejos dejando atrás su tierra y su gente, aprende tu idioma y trabaja día a día en las mismas condiciones que el resto de población, se cultiva una cierta admiración y respeto. Este respeto viene con la responsabilidad de contribuir a identificar las enormes dificultades a las que se enfrentaba Rojava, así como la importancia, ahora más que nunca, de mantenernos firmes frente al enemigo.

Puede que la utopía soñada no se haya erigido con magnificencia, más bien se va enraizando poco a poco, día a día, con sus avances, sus carencias y sus contradicciones. Para quienes entendemos que la revolución es un proceso y no un evento, nos queda armarnos de paciencia y seguir trabajando para afianzar y expandir este mundo que llevamos en nuestros corazones.

Revolución a pesar de todo

A veces me paro a pensar lo que podría haber sido la revolución de 1936 si hubiera tomado otro camino. ¿Cómo se habría desarrollado la sociedad si el fascismo no hubiera vencido la guerra, si no hubiera impuesto a sangre y fuego su particular visión del nacional-catolicismo? Quizás la revolución nos habría traído decepciones, retos insalvables y conflictos internos, pero por suerte o por desgracia no hubo tiempo para verlo, no pudimos desencantarnos de la revolución que no pudo ser. Para quienes entonces creyeron en un mundo mejor, tuvieron que ver sus sueños ahogados en el exilio y la clandestinidad. No puedo más que mantener mi admiración por miles de militantes sin nombre que siguieron luchando tras perder la guerra, ya fuera como maquis en la península, contra los nazis en las trincheras de Europa, o compartiendo sus ideas y experiencia también por América Latina.

Pero la revolución de Rojava no ha sido derrotada, sigue habiendo esperanza en este rincón de oriente medio que ha osado desafiar el orden establecido. No siempre es fácil, y hay momentos en que la duda, la incerteza, la frustración, el agotamiento, hacen mella. No son pocos los días que me enfado, que me entristezco, que me decepciono, que me pregunto qué hago aquí. ¿Qué estaría pensando para dejar atrás mi vida y venir a este remoto y llano desierto, tierra de inviernos fríos y veranos de infierno, con absurdas tormentas de arena y tan lejos del mar? Pero luego hay días que todo cobra sentido, que valoras todo lo aprendido y recuerdas lo difícil que es tratar de construir un nuevo mundo. Días que admiras los esfuerzos de las familias a tu alrededor por seguir adelante, de hevals que trabajan día y noche para que esto funcione a pesar de las dificultades, de la gente joven que ha crecido en la revolución y que son la esperanza de un futuro mejor. Y son estos días los que luego, cuando vuelves a tu hogar, te hacen pensar que quizás la decisión correcta es regresar a Rojava.

Tras 10 años, los esfuerzos a medio-largo plazo empiezan a dar frutos. Los consejos municipales se afianzan en su gestión territorial. Cooperativas agrícolas funcionan a buen ritmo, construcción de carreteras, distribución de energía, sistemas de alumbrado público con placas solares. Varios hospitales nuevos prestan servicios sanitarios a la población, y recientemente se ha graduado la primera promoción de estudiantes de medicina de la universidad de Rojava, junto a otros estudiantes de diferentes modalidades como sociología, agricultura o ingeniería química. El noreste de Siria es probablemente la región más segura y estable del país, con más libertades democráticas y desarrollo cultural. Ciudades enteras cómo Kobane o Raqqa han sido reconstruidas tras la guerra, y todo ello sin necesidad de imponer un Estado o un gobierno centralizado, sino promoviendo descentralización y autonomía comunitaria en un proyecto federativo. Las fuerzas de autodefensa son respetuosas y disciplinadas, sin abusos de autoridad contra la población y manteniendo a ralla los grupúsculos del estado islámico que tratan de desestabilizar la zona. Los conflictos inter-étnicos se han reducido enormemente y las nuevas generaciones son escolarizadas en sistemas bilingües promoviendo la diversidad cultural. Pero sin duda el mayor desarrollo es el movimiento de mujeres. Mucho se ha escrito sobre esto y no me toca a mi contarlo, pero sin duda alguna es la mayor transformación social imaginable. El impacto del trabajo realizado por el movimiento de mujeres influirá no solo Kurdistán, no solo Siria, y no solo oriente medio. La sororidad construida entre mujeres kurdas y árabes será un factor decisivo para el futuro de oriente medio y del mundo entero, pues es el verdadero corazón del movimiento de liberación.

Una nueva guerra en el horizonte

Mientras escribo estas líneas, varios convoyes del ejército turco han estado cruzando la frontera en las últimas semanas, amenazando públicamente con invadir Rojava de nuevo. En menos de un año se celebrarán elecciones en Turquía, y Erdogan se sabe débil. Las encuestas apuntan que el AKP perderá su mayoría absoluta, y una nueva invasión de Rojava es la única carta que le queda para mantenerse en el poder, atrayendo de nuevo las fuerzas ultra-nacionalistas y avivando los sueños de expansión territorial del fascismo turco. Los acuerdos alcanzados en la última cumbre de la OTAN en Madrid, donde Suecia y Finlandia aceptaron criminalizar al pueblo kurdo a cambio de su entrada en la alianza militar, son una muestra más de la complicidad de occidente con el autoritarismo de Erdogan. La pregunta no es ya si Erdogan volverá a invadir Rojava, sino cuándo va a hacerlo. Tras casi dos años de relativa estabilidad militar, los preparativos defensivos a ambos lados del frente se han reforzado como nunca habían podido hacerlo antes. Redes de complejos túneles se extienden en la zonas limítrofes de los territorios ocupados, kilómetros y kilómetros de refugios subterráneos para protegerse de los bombardeos enemigos. Está por ver hasta que punto estos preparativos pueden o no cambiar el curso de la guerra.

La diplomacia jugará también un importante papel. Tanto Rusia como Estados Unidos han mostrado su rechazo a las amenazas de Erdogan, pero con la guerra de Ucrania y las contradicciones entre ambas potencias, los acuerdos y negociaciones pueden ser decisivas para la supervivencia de Rojava. La supremacía aérea está en juego, pieza clave en las anteriores invasiones, pues los indisciplinados grupos islamistas que sirven de infantería de Erdogan, no tienen nada que hacer frente a las FDS si no cuentan con el apoyo de drones y aviones de combate. Está por ver también que papel jugarán el Estado Sirio e incluso Irán, que con el apoyo de Rusia han logrado mantener el gobierno de al-Assad en pie, gobierno que aspira todavía recuperar control de las zonas liberadas por el movimiento kurdo. Turquía tiene su mirada fija en Kobane, la capital espiritual de la revolución, pues Erdogan sabe que hacerse con el control de la ciudad que derrotó al Daesh sería un importante golpe de efecto, necesario para recuperar la credibilidad que ha perdido estos últimos años. La dura resistencia de las guerrillas en las montañas de Bashur (Kurdistán en Iraq), ha puesto en entredicho una y otra vez la eficacia de la estrategia militar del ejército turco, que ante la falta de significativos avances recurre cada vez con más frecuencia al uso de armas químicas ilegales. La comunidad internacional hace oídos sordos ante estas infracciones, como se constató tras la invasión de Serekaniye, donde quedó probado como Turquía usó fósforo blanco contra población civil y no hubo ningún tipo de represalia por ello. Con este complejo tablero, portavoces de las SDF han declarado en varias ocasiones que, si Turquía ataca, la guerra se extenderá a lo largo de toda la frontera. Aunque esta amenaza fue lanzada previamente a la última invasión sin que se hiciera efectiva, esta vez los preparativos y la capacidad ofensiva de las FDS permite imaginar un escenario distinto. Rojava no puede permitirse que Turquía ocupe más territorio, mucho menos si esto incluye Kobane, así que una respuesta desesperada de guerra total parece más creíble esta vez.

Con esta compleja amalgama de actores, de intereses cruzados, de proyectos políticos antagónicos, es muy difícil hacer predicciones sobre lo que el futuro nos depara. Para quienes venimos de fuera, tras años construyendo puentes de internacionalismo, ahora más que nunca la solidaridad tiene que ser la ternura de los pueblos. Ya no bastaba con eslóganes y declaraciones simbólicas de solidaridad moral y abstracta, pues si Rojava cae, caerán con ella las esperanzas de un futuro mejor. La victoria del fascismo en España fue seguida de la segunda guerra mundial, pues sabemos que el fascismo avanza si no se le combate. Viendo el auge de la ultra-derecha en Occidente no es un escenario imposible de repetir, con el agravante que las fuerzas revolucionarias son hoy una sombra de lo que fueron.

Rojava nos ha recordado que la revolución no solo es posible, sino necesaria, y que está en nuestras manos contribuir a su desarrollo. Kurdistán, nación excluida del sistema de estados-nación, nos muestra como el problema puede ser la solución, y como la construcción de autonomía democrática puede convertirse en una alternativa al modelo de Estado-nación, patriarcal y capitalista por naturaleza, que impera en nuestras sociedades. Rojava es un oasis en el desierto, un experimento práctico de transformación revolucionaria, una oportunidad para aprender y desarrollar lo que puede ser la sociedad del futuro. Pero para que así sea debemos asegurar su existencia, su supervivencia como organismo político y social. Y la supervivencia de Rojava es solo posible si se extiende, porque la revolución es como el agua, que cuando se estanca se corrompe. La revolución debe fluir, cual rio, hacia el mar de la libertad.

FUENTE: Pau Guerra /Rojava Azadi Madrid

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