Represión en Turquía: el retorno de la resistencia social

En 2015 fue publicado el libro “Challenging Neoliberalism at Turkey’s Gezi Park”, escrito por Gürcan y Peker, en el cual se analizan los eventos del 31 de mayo de 2013 cuando lo que empezó como una protesta ambientalista pública contra la demolición del Parque Gezi de Estambul pronto se transformó en una serie de protestas antigubernamentales a escala nacional de una intensidad nunca antes vista en la República de Turquía.

El libro está dedicado a la memoria de Berkin Elvan (15 años), Ali İsmail Korkmaz (19), Ethem Sarısülük (27), Abdullah Cömert (22), Mehmet Ayvalıtaş (20), Ahmet Atakan (22), Medeni Yıldırım (18) y a los demás ciudadanos turcos asesinados por las fuerzas policiales durante este periodo central en la memoria colectiva turca moderna, y sin el cual no se entiende en su totalidad lo que está ocurriendo en los primeros meses de 2021, pues hay un hilo conductor entre las protestas sociales de Gezi y las que se registran ahora relacionadas a la Universidad Bogazici.

Los efectos desencadenados por las protestas del Parque Gezi, ubicado en Taksim, que dejaron a 11 asesinados y 3.000 detenidos, se rememoran estos días en que el gobierno de Erdogan ha decidido combatir las expresiones estudiantiles de la Universidad Bogazici de la manera en que los países autoritarios hacen: con violencia y represión policial ligadas a una descalificación y desdén hacia las mismas que sólo tienen los embriagados de poder.

La disputa por el espacio público

La vida política y las aspiraciones democráticas de la sociedad turca (esa misma sociedad tan abandonada en muchos análisis sobre Turquía que se centran exclusivamente en la clase política del país), cambiaron para siempre después del 2013, pues millones de ciudadanos anónimos desafiaron a su régimen y tomaron las calles en varias ciudades del país formando lo que el profesor Senem Zeybekoglu Sadri ha denominado “la formación de un nuevo tipo de esfera política que integra una variedad de actores públicos y su encarnación espacial: la comuna de Gezi, reclamada, creada, delineada y habitada por la voluntad libre del pueblo” (1).

Para Zeybekoglu Sadri, la apropiación del espacio urbano público, simbolizado en el Parque Gezi, por parte de la sociedad turca significa una nueva forma de pensar arquitectónicamente la ciudad. Para esta reflexión, el simbolismo de Gezi está en la politización de la sociedad turca más allá de los límites tradicionales de los partidos políticos que han sido desbordados tanto en Turquía como en otras partes del mundo, y que apuntan a otra forma (quizá complementaria a la partidista) de hacer política y que incluye reclamar espacios públicos como Gezi en 2013, pero también universitarios como lo es en 2021 la lucha por la autonomía universitaria de Bogazici.

Cuando las fuerzas policiales “recuperaron” el Parque Gezi el 16 de junio de 2013, la disidencia y el despertar social ya habían logrado su objetivo: mostrar a los ciudadanos de Turquía que si el sistema político y mediático está dominado y controlado en gran parte por Erdogan y su partido AKP, hay otro lugar en el cual el poder puede ser cuestionado y confrontado:  el espacio público que permite tanto la solidaridad entre diferentes grupos sociales con demandas particulares como la visibilización internacional de dichos reclamos sociales.

Si bien el aún polémico intento de golpe de Estado en 2016 permitió al gobierno de Erdogan criminalizar las protestas sociales y silenciar a disidentes, bajo el pretexto de luchar contra el terrorismo, en realidad el efecto Gezi no desapareció del corazón de amplios sectores universitarios del país; prueba de lo anterior fue el movimiento “Hocama Dokunma” (No toques a mi profesor) iniciado en febrero de 2017 como protesta estudiantil a la persecución, intimidación y acoso que sufrían los académicos participantes de la iniciativa “Académicos por la Paz”, que en enero de 2016 publicara una declaración en la cual llamaba al gobierno a cesar la violencia, abusos y violaciones a los derechos humanos en las ciudades del sureste del país, en la cuales se concentra la población kurda y ante la cual el régimen respondió con una serie de despidos y arrestos bajo los cargos de terrorismo (mismos cargos que los manifestantes de Gezi y hoy los de Bogazici enfrentan).

El portal Freedom House califica a Turquía bajo el rubro “no libre”, haciendo énfasis en que en los últimos cinco años, coincidiendo con el frustrado golpe de Estado de 2016, el gobierno turco ha desatado una violenta represión contra aquellos que percibe como oponentes políticos y amenazas al liderazgo de Erdogan, como lo demuestran los cambios constitucionales adoptados en 2017 que concentran más poder en manos del presidente.

Si bien Erdogan se ha mostrado como un político potente, ya se han mostrado puntos débiles de su partido AKP en términos electorales, como lo demuestra la victoria de la oposición en las elecciones locales de 2019 y que tiene a partidos de oposición gobernando ciudades como Estambul y Ankara. Si bien la derrota fue del AKP y no directamente de Erdogan, el 2019 exhibió la dependencia que tiene el partido del liderazgo carismático del presidente.

El mayor símbolo de la intimidación y represión política en Turquía es el encarcelamiento de Selahattin Demirtaş, líder del HDP, partido de orientación kurda y de izquierda, en noviembre de 2016. Junto a Demirtaş languidecen en prisión opositores y críticos de Erdogan, como Osman Kavala, un filántropo acusado de apoyar las protestas del Parque Gezi, y Canan Kaftancıoğlu, político del partido CHP, que fue detenido bajo los cargos de “insultar al presidente y distribuir propaganda terrorista”.

El espíritu de Gezi y Hocama Dokunma parecen resurgir estos días en la Universidad Bogazici, sobre la cual hemos hablado  anteriormente. Tristemente, la represión gubernamental no sólo continúa sino que se exacerba como lo demuestran los comentarios de Erdogan, que acusa a los estudiantes y académicos críticos de ser terroristas, agentes del extranjero y traidores a la nación turca, lo que es un burdo intento por parte del presidente turco de denigrar a los manifestantes y minimizar sus proclamas a los ojos de su base electoral, que tiende a ser más conservadora y nacionalista.

El 3 de febrero el portal BIANET reportaba que cuatro estudiantes de la universidad Bogazici habían sido detenidos por el Departamento de Seguridad y Lucha contra los Cibercrímenes, acusados de “provocar al público” con sus mensajes en redes sociales (Twitter), en los cuales exigían la liberación de sus amigos detenidos por protestar. Estos cuatro jóvenes forman parte de las más de 134 personas detenidas en relación a las protestas estudiantiles. El mismo día, el presidente Erdogan manifestaba en un discurso público transmitido a todo el país que “en este país ya no se experimentará ni sufrirá un incidente como el de Gezi en Taksim”, y que su gobierno “no aceptará a estos jóvenes como parte del país” (en referencia a los manifestantes de Bogazici), pues son “miembros de organizaciones terroristas”. Erdogan ha pedido que los jóvenes muestren respeto y lealtad a las fuerzas policiales, mismas que arrestan e intimidan a estudiantes. Lo anterior ha desencadenado muestras de “micro resistencias” promocionadas en las redes sociales, entre las que destacan los hashtags #BoğaziçiDireniyor (Bogazici resiste) y #AşağıBakmayacağız (No miraremos hacia abajo, una expresión que en castellano podría asemejarse a “No agacharemos la cabeza”).

Paradójicamente, las expresiones de Erdogan muestran su debilidad ante el fenómeno, pues se confirma que las manifestaciones populares y los actos de resistencia registrados tanto en el Parque Gezi como en la Universidad Bogazici son una amenaza a su forma de gobierno, que han trascendido los espacios públicos y universitarios para transformarse en signos de carácter nacional que refuerzan la acción política directa y van más allá de la estructura partidista tradicional. Es en estos espacios y manifestaciones sociales en las cuales se pueden detectar insatisfacciones, reclamos y deseos ciudadanos ignorados. El eslogan de Gezi “en todas partes está Taksim, en todas partes hay resistencia” se conecta con las protestas de la Universidad Bogazici no sólo en el nivel simbólico, sino también en la forma de expresar desacuerdo a un gobierno cada vez más autoritario.

La plaza pública como desafío al liderazgo tradicional

Para cualquier observador de las dinámicas sociales, culturales y políticas turcas, es en estos espacios y manifestaciones sociales, y no en los discursos de los líderes turcos, en donde se puede detectar insatisfacciones, reclamos y deseos ciudadanos ignorados.

Las movilizaciones sociales del mundo árabe que este año cumplen una década, las protestas del 2009 contra el fraude electoral en Irán, así como las manifestaciones populares en Israel demuestran que hay un patrón interesante a lo largo y ancho del Medio Oriente moderno: el reclamo y la resistencia popular en el espacio público. Podremos analizar en la reflexión académica los logros y limitantes de dichas movilizaciones, pero me parece indudable que ante el anquilosamiento y envejecimiento de los liderazgos políticos tradicionales, así como la imposibilidad de los regímenes políticos de la zona a reformarse de una manera que permita la participación política de sus sociedades, la plaza pública es un termómetro mucho más fidedigno de las tensiones sociales que el mero ejercicio electoral y deberemos estar más atentos a dichas manifestaciones.

Algo profundo pasa entre los jóvenes universitarios turcos que preocupa a Erdogan y a la élite en el poder, y es por eso que no han dudado en reprimir, negar y criminalizar dichas expresiones estudiantiles. Es una pena que la academia latinoamericana se haya mostrado indolente y sin solidaridad hacia esos colegas turcos que luchan por la democracia y contra el autoritarismo del poderoso cuando hay muchas conexiones y similitudes entre las manifestaciones sociales de Santiago de Chile, Ciudad de México, Buenos Aires, con las de Estambul, Cairo, Tel Aviv y Teherán. Si se visibilizaran en nuestro continente entenderíamos que lo que los estudiantes de Bogazici y los protestantes de Gezi buscan no es diferente a lo que nosotros en América Latina queremos.

Sólo una academia independiente, valiente y sin oscuras complicidades con gobiernos autoritarios puede reflexionar libremente sobre los reclamos sociales que llenan las plazas, parques y universidades del Medio Oriente y América Latina.

Notas:

Senem Zeybekoglu Sadri (2017).  “Oeuvre vs. Abstract Space: Appropriation of Gezi Park in Istanbul”.

FUENTE: Manuel Ferez Gil / Informe Oriente Medio

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