Rojava: la revolución de los invisibles

La característica más importante que distinguía la situación de los kurdos en Siria con los de otras partes de Kurdistán, es que muchos kurdos ni siquiera tenían derecho a la ciudadanía bajo el régimen sirio. Es decir, oficialmente no existían, eran invisibles. Pero hoy en día, con su voz, decisión y hacer están determinando su vida, su tierra, su trabajo, su libertad…

En 1962, el Estado sirio realizó un censo dirigido directamente a los kurdos, pidiéndoles que demostraran que vivían y se habían registrado en Siria antes de 1945. Más de 120 mil kurdos no habían logrado probar esta situación con ningún documento oficial, porque cuando les impusieron las fronteras para colonizarlos nadie les había avisado a qué país pertenecerían oficialmente. Y a estas personas, aunque constaban en el censo, les fue retirada su ciudadanía, los registraron como “extranjeros”, así como tomaron sus identificaciones para darles un papel rojo que decía “ajnabi”, en árabe (singular: ajnabi, plural: ajanib).

Los que no participaron en el censo de 1962, fueron registrados como “maktoumin”. En los años siguientes, alrededor de 75 mil personas, de segunda y tercera generación, cuyo padre estaba registrado como ajnabi, continuaron siendo registrados como “maktoumin”, es decir personas no registradas o invisibles. Muchos niños kurdos nacidos después de este censo continuaron siendo “registrados” como maktoum/maktouma, o maktoumin (singular masculino/singular femenino y plural). Un informe publicado en 1996 por Human Right Watch (HRW), explica que los niños kurdos se convertían en maktoumin cuando se cumplía una de las tres condiciones siguientes: si eran hijos de “extranjeros” kurdos nacidos en Siria que se casan con mujeres que son ciudadanas sirias; si uno de sus padres era “extranjero” y el otro maktoum (singular de maktoumin); o si ambos padres eran maktoumin (HRW, 1996, pág. 3).

El mismo informe señala que las personas que han sido despojadas de la ciudadanía como ajnabi y maktoum representaban el 20% de la población total kurda estimada en Siria (HRW, 1996, pág. 3). Fuentes kurdas dicen que casi 200 mil o 225 mil personas estaban registradas como ajanib y maktoumin cuando empezó la revolución. En el informe publicado por Danish National ID Center, el 16 de enero de 2019, se indica que, en 2011, solo en la provincia de Hesekê, el número de ajanib y maktoumin, que se definen como apátridas (stateless), era de 300 mil personas (Center, 2019). Pero en realidad, los kurdos ya habían dejado de registrar a sus hijos, porque, aunque su existencia no era aceptada con ciudadanía, documentarlos como ajanib o maktoumin hacía que fueran criminalizados y discriminados. Por eso, nadie sabe cuántos eran, pero eran muchos.

Y las personas que perdieron su derecho a la ciudadanía y quedaron sin identificar también perdieron los derechos básicos, como el derecho a viajar, casarse o tener educación. Los niños maktoumin, si eran aceptados en la escuela primaria no serían certificados; en consecuencia, en este caso, no podrían seguir sus estudios universitarios y tener una carrera. Todos los derechos, como la adquisición de propiedades o el pasaporte o el voto, ya no solo no era un derecho para muchos kurdos, sino que, además, eran proscritos. Y contrariamente a la práctica clásica del Estado-nación, las personas que no fueron consideradas ciudadanos sirios no fueron deportadas, sino que se vieron obligadas a permanecer en sus lugares; así se fueron transformados en mano de obra barata, precaria y esclavizada.

Este proceso siguió con muchas otras prácticas del Estado, como la política llamada “Cinturón Árabe” que despojó a los kurdos, les prohibió el idioma materno (kurdo) y las celebraciones culturales, como el Newroz, el año nuevo de los kurdos y persas. El objetivo del Estado sirio, como todos los estados colonizadores, era destruir la presencia del otro, de los kurdos, y hacerlos invisibles.

Pero estos invisibles, en la noche del 19 de julio de 2012, un año después de que empezó la guerra de Siria, salieron a las calles de Kobanê, Qamishlo y Afrin, tomando los silos de trigo y los edificios del Estado, y entonces declararon y realizaron una revolución inesperada. Este mes es el noveno aniversario de esta revolución y los kurdos de Rojava mientras siguen luchando, también están construyendo una autonomía democrática que se basa en la convivencia de todos los pueblos de Rojava y el Norte de Siria, en paz.

Este año, los kurdos no solo celebramos nuestra revolución, sino que también levantamos la voz colectiva a través de #Status4NorthAndEastSyria para el reconocimiento de la autonomía de Rojava y el Norte de Siria. Porque los kurdos, desde que debilitaron militarmente al ISIS (Estado Islámico) en Siria, se volvieron otra vez invisibles para la comunidad mundial. Es decir, desde que el ISIS ya no es una amenaza para el mundo, los kurdos de Rojava y sus avances políticos y sociales por la autonomía están bajo implacables ataques, especialmente del Estado turco.

El reconocimiento de la autonomía de Rojava por la ONU es una herramienta, una protección para frenar estos ataques y también permite, a través del derecho internacional, reclamar al Estado turco que se retire de las regiones (Afrîn, Girê Spî, Serêkaniyê) que ha invadido en Rojava. Sin embargo, la demanda es contradictoria si solo se queda en limitar el reconocimiento de la ONU o de otros Estados. Porque como nos mostró la Resistencia de Kobanê en 2014, la voz colectiva de los pueblos, de las mujeres, de las rebeldes y de los dignos es el mejor reconocimiento y protección. Por eso, para que los kurdos otra vez no volvamos ser invisibles, necesitamos que los pueblos del mundo sigan reconociéndonos, y sigan reconociendo nuestro derecho a la autodeterminación por el confederalismo democrático. Porque como dicen los zapatistas, “detrás del pasamontañas somos ustedes”.

FUENTE: Azize Aslan / Desinformémonos / Edición: Kurdistán América Latina

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