Turquía: belicismo y comercio de armas

Turquía en el gran bazar del armamento

La suerte de los kurdos -y de otros- se juega en el gran bazar armamentístico que ha abierto estos días entre Estados Unidos y Turquía para eliminar el veto de Recep Tayyip Erdogan a la entrada en la OTAN de Suecia y Finlandia, que simpatizan con el PKK, considerado por Ankara como una organización terrorista junto a las YPG, las brigadas kurdas sirias de Kobane y Rojava. Nada importa el que hayan dirigido heroicamente la lucha contra el Califato en 2014, en lugar de nosotros, los occidentales, algo parecido a lo que hoy hacen los ucranianos contra la Rusia ocupante.

Pero todo eso parece olvidado, igual que hemos olvidado los 15.000 muertos kurdos y las promesas incumplidas de Occidente de protegerlos de la represión turca: en otoño de 2019, Donald Trump retiró las tropas de la frontera siria, dejando a Erdogan vía libre para la matanza. La fuerza amortiguadora que substituyó a los norteamericanos fueron entonces los rusos. Una amarga ocurrencia circula hoy por Oriente Medio, donde Turquía e Israel siempre tienen carta blanca: tardaron 70 días en “ser todos ucranianos”, pero están tardando más de 70 años en “convertirse” en kurdos o palestinos.

Turquía, miembro de la OTAN desde 1952, está de nuevo en guerra con los kurdos, con numerosas víctimas civiles, pero la Alianza Atlántica simula ignorancia. El 17 de abril, Ankara lanzó una nueva campaña militar en el Kurdistán iraquí y en la Rojava siria. “Debemos erradicar al PKK” es la motivación declarada de Erdogan, que con este lema va recabando apoyos en su país, en su propio partido y fuera de él. En realidad, los aviones y drones turcos -los mismos que actúan en Ucrania contra los rusos- no sólo golpean a los kurdos, incluidos a los civiles, sino también a la mayoría yezidí de Sinjar (Shengal), que fue objeto de atroces masacres y violaciones por parte de los yihadistas del ISIS. También fue atacada Kobane, un bastión contra el Califato -cuando estuve allí en octubre de 2014-, entonces ocupada en un 70% por los yijadistas apoyados por Ankara, que hoy siguen las órdenes principalmente de Erdogan en Idlib.

Pero, ¿no eran estos kurdos los combatientes que habíamos celebrado como “héroes nuestros”? Está claro que ya no lo son. De hecho, los italianos estamos prestando a Erdogan una importante ayuda bélica. Hasta el punto de que las incursiones turcas están utilizando helicópteros italianos Mangusta (el AgustaWestland AW129), fabricados en Turquía bajo licencia del italiano Leonardo.

Por supuesto, el primer ministro Draghi (que el miércoles recibió a la dirigente finlandesa Sanna Marin) no quiere hablar de nada de esto, al igual que sólo habla en términos vagos acerca del envío de armas a Ucrania, tema sobre el que tenía previsto dirigirse al Parlamento el jueves ante diputados y senadores, que sólo pudieron ser espectadores de su discurso.

Pero para Erdogan no basta el silencio cómplice: para acabar con los kurdos, quiere más armas. El Sultán -que chantajea a Europa con dejar pasar a los refugiados y ha visto explotar la inflación hasta el 70%, con la lira turca en mínimos históricos frente al dólar y el euro-, plantea el precio de no vetar la nueva ampliación de la OTAN. Ankara, además de poner fin al apoyo a los kurdos y acoger a supuestos miembros del PKK, exige el levantamiento del embargo de venta de armas decidido por Suecia y Finlandia tras los ataques de Ankara a los kurdos sirios. A esto se suma que Suecia haya acogido a miembros de la organización de Fethullah Gulen (exiliado en Estados Unidos), considerado por Erdogan como responsable -junto a los propios norteamericanos- del fallido golpe de Estado en su contra del 14 de julio de 2016.

Para apuntalar sus pretensiones y armarse mejor, el Sultán turco acaba de enviar a su “Gran Visir”, el ministro de Asuntos Exteriores Mevlut Cavusoglu, a los Estados Unidos para mantener conversaciones con el secretario de Estado, Anthony Blinken, sobre los acuerdos previstos en el “Mecanismo Estratégico Turquía-Estados Unidos”, el formato diplomático bilateral establecido en 2021 por Biden y Erdogan. Las relaciones entre ambos países han pasado por altibajos, pero el punto más bajo se alcanzó cuando Estados Unidos excluyó a Turquía del nuevo y costoso proyecto de aviones de combate F-35 como represalia por la compra del sistema antimisiles ruso S-400 por parte de Ankara.

Por otro lado, los Estados Unidos se encuentran ahora en conversaciones con Ankara para vender 40 cazas F-16 y equipos de modernización para la flota turca que patrulla el Mar Negro, el Mediterráneo oriental y el norte de África (vía Libia), el disputado escenario del plan de expansión de la “Patria Azul” de Turquía para repartirse las zonas de influencia y los yacimientos de gas en alta mar. 

Y ni siquiera eso es suficiente. La Turquía de Erdogan, dentro de la OTAN pero fuera de la Unión Europea (UE), y que al igual que Israel no ha impuesto sanciones a Moscú -en línea con casi todo Oriente Medio y el Norte de África-, sigue siendo un rompecabezas geopolítico. Lo es desde los tiempos del Tratado de París de 1856, cuando el Imperio Otomano se alió con Francia, el Reino Unido, Austria y el Reino de Cerdeña en la Guerra de Crimea contra Rusia. Aquel acuerdo declaraba la oposición de la Sublime Puerta a Rusia y reforzaba las aspiraciones de Estambul a una identidad geopolítica europea, posteriormente truncadas de forma dramática por su derrota en la Primera Guerra Mundial, iniciada en alianza con los Imperios Centrales y el ataque otomano a las bases rusas en el Mar Negro. 

Con el fin del Imperio turco, la República heredada por Mustafa “Kemal” Ataturk buscó protección frente a las pretensiones territoriales de la URSS en la adhesión a la OTAN, lo que para las élites militares confirmó la identidad occidental del país. Entonces, terminada la Guerra Fría, Ankara percibió a Moscú como un socio aceptable, pero en la última década -con las crisis de Georgia, Crimea, Siria, Libia y finalmente Ucrania- Rusia vuelve a ser un rival, especialmente con el actual avance de Vladmir Putin en el Mar Negro.

Pero, a pesar de la incompatibilidad geopolítica entre Ankara y Moscú (que le conviene, sin embargo, muy mucho a la OTAN y a los Estados Unidos), Putin y Erdogan entablan relaciones pragmáticas, tanto en Siria como en Libia. En 2016, en el momento del golpe de Estado fallido, Erdogan cerró la base estadounidense de Incirlik durante una semana y recibió todo el apoyo de Moscú. Con la gradual (pero relativa) retirada de los Estados Unidos de Oriente Medio, Erdogan está experimentando con la multipolaridad con Rusia y China. “Estamos en un mundo post-occidental”, proclama desde hace tiempo la diplomacia turca. Pero es un mundo que no es seguro ni está pacificado, y que ha convertido a Turquía en un país aún menos democrático y tolerante. Con nuestra complicidad.

El sultán Erdogan, árbitro de su Donbás

Cada quien tiene su propio Donbás. Para Erdogan y Turquía –pilar de la OTAN desde 1952– se trata de Rojava (Kurdistán sirio) y del Kurdistán iraquí, donde el sultán ha estacionado permanentemente tropas y ha ocupado el territorio de otros estados sin que nadie se atreviera a levantar una ceja.

Es él quien está decidiendo, con nuestra complicidad, quiénes somos, qué es realmente la OTAN y, sobre todo, el destino de los kurdos, sirios e iraquíes, que se intercambian en la mesa de negociaciones para que Suecia y Finlandia se incorporen a la Alianza Atlántica, países a los que Turquía acusa de ser cómplices de los “terroristas”.

Mientras tanto, parece que los Estados Unidos han decidido qué Donbás prefieren. Los ucranianos no recibirán misiles para golpear a Rusia, mientras que Erdogan está en conversaciones con Washington para obtener un nuevo lote de cazas F-16, y quizás le desbloqueen los F-35 si renuncia a más suministros de las baterías antimisiles S-400 que obtuvo de Moscú. Y así, Erdogan, contando con la aquiescencia de Washington, sigue adelante con “su” guerra. Después de intentar derrocarlo en julio de 2016 a través de la red de Fethullah Gulen, los Estados Unidos se muestran ahora abiertos a la negociación. Desde mediados de abril, el ejército turco lleva a cabo una operación masiva en el norte de Irak para atacar las posiciones del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), pero también contra los yezidíes y las milicias kurdas YPG, bombardeando Kobane (con helicópteros italianos Agusta-Westland-Leonardo), símbolo de la resistencia heroica al Califato, que ya celebramos en 2014 como frontera última de Europa contra la barbarie. Ahora Erdogan quiere incluir Kobane en su “franja de seguridad”, y los que entonces lucharon contra el ISIS sienten hoy un fuerte sentimiento de vergüenza.

El carnicero Erdogan es también en quien depositamos nuestras esperanzas de paz en Ucrania, ya que el presidente turco –ahora enfrascado en su campaña de reelección para 2023– ha relanzado su propuesta de ser mediador, ofreciendo Estambul como sede de una reunión entre Rusia, Ucrania y las Naciones Unidas, y con Turquía como garante de un posible mecanismo de observación del alto el fuego.

Nuestro aliado Erdogan no tiene ciertamente mejores credenciales democráticas que Putin: de hecho, ambos tienen muchos rasgos en común, a pesar de ser adversarios geopolíticos, de Siria a Libia y Azerbaiyán. A pesar de la incompatibilidad geopolítica entre Ankara y Moscú (que, sin embargo, le viene muy bien a la OTAN y los Estados Unidos), Putin y Erdogan mantienen relaciones pragmáticas, tanto en Siria como en Libia. En 2016, tras el golpe de Estado fallido, Erdogan cerró la base estadounidense de Incirlik durante una semana y recibió todo el apoyo de Moscú.

Con la gradual (pero relativa) retirada de los Estados Unidos de Oriente Medio, Erdogan tantea el terreno con Rusia y China, bajo la bandera de la multipolaridad. “Estamos en un mundo postoccidental”, proclama desde hace tiempo la diplomacia turca. Por ello –al igual que Israel, con quien Turquía ha reanudado relaciones–, Ankara se ha negado a imponer sanciones a Moscú por su invasión de Ucrania.

Turquía ocupa el puesto 149 de 180 países en materia de libertad de prensa, según un informe de mayo de Reporteros Sin Fronteras (RSF). En este sentido, Erdogan impulsa una iniciativa parlamentaria al estilo ruso para castigar con hasta tres años de cárcel la difusión de “fake news”, pero sin especificar quién va a comprobar la veracidad de un artículo, un “post” en las redes sociales o una noticia. En diciembre, Erdogan se refirió a las redes sociales como “una de las principales amenazas para la democracia”. La nueva ley, denominada “censura digital”, prevé penas de prisión de uno a tres años para quien difunda públicamente información falsa sobre la seguridad nacional y el orden público.

Después de que el empresario y filántropo Osman Kavala fuera condenado a cadena perpetua sin libertad condicional, Canan Kaftancioglu, líder de los Progresistas, capaz de representar la alternativa rosa al poder, fue también condenado a cinco años de prisión por insultar al presidente. Ha coordinado el Partido Popular Republicano (CHP) en Estambul, y en 2019 supervisó la victoria del alcalde Imamoglu, la primera figura no erdoganiana en los últimos 25 años. Por supuesto, no ha habido ninguna reacción a su condena desde el frente occidental.

Y ahora llegamos a Italia, concretamente a la misión de Draghi en Turquía en julio. Aquí, nuestro propio Donbás se llama Libia y el gas del Mediterráneo. Como es sabido, Turquía nos tiene atados en Tripolitania, en el país que hasta 2011 estaba entre nuestros mayores proveedores de gas y petróleo. Así ha sido desde finales de 2019, cuando Erdogan combatió la ofensiva del general Jalifa Haftar contra el gobierno de Sarraj, reconocido por la ONU e instalado con el apoyo de los gobiernos de Roma.

Turquía recurre a las patrulleras italianas para mantener a raya el tráfico de migrantes, una tarea subcontratada a figuras muy controvertidas. Y mientras Libia sigue dividida entre la Tripolitania y la Cirenaica, Erdogan está aplicando el acuerdo firmado con Libia sobre la Zona Económica Exclusiva (ZEE). En virtud de este acuerdo -que opera al margen de los acuerdos internacionales-, Turquía está utilizando sus buques navales para impedir las actividades de exploración en alta mar en las islas griegas y Chipre, realizadas por la ENI (la Empresa Nacional de Hidrocarburos italiana) y otras empresas. Erdogan quiere detener el nuevo gasoducto Eastmed (que se abastecería de gas griego, israelí y egipcio), lo que le cortaría el paso.

Así pues, Draghi se dispone a ir al bazar a regatear con el Sultán: no es difícil imaginar quién pagará el precio.

FUENTE: Alberto Negri / Sin Permiso / Nueva Revolución

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