Una nueva oportunidad para el Líbano

El puerto de Beirut siempre ha tenido un valor clave para el Líbano, y no solo porque de sus embarcaderos, junto a Byblos, Sidón y Tiro, salieran las naves fenicias que colonizaron el Mediterráneo, sino porque para Europa era la principal puerta comercial y cultural en Oriente Medio.

Por eso, la ciudad de Beirut ha tenido siempre ese espíritu cosmopolita que ha hecho de ella, y de todo el Líbano, una sociedad marcadamente pluriconfesional y multiétnica. Pero también, la zona portuaria, y de forma especial el distrito de Quarentina, término que procede de la antigua zona destinada a los barcos sospechosos de importar enfermedades contagiosas, fue el escenario donde se desencadenaron los combates sectarios que terminarían por dividir la ciudad y el resto del país en dos grandes bandos irreconciliables, durante la guerra civil de los años 1970.

Destinada a acoger a refugiados de otros países -primero armenios de Turquía, después kurdos y más tarde palestinos-, el barrio de Quarentina fue uno de los primeros objetivos de la Falange, el grupo armado de las Fuerzas Libanesas.

De aquí, donde precisamente se ha producido la apocalíptica explosión que ha devastado media ciudad, partía la “línea verde” que separaba ambos bandos, para seguir por la plaza de los Mártires, el Museo y el Hipódromo, hasta alcanzar, fuera ya de la urbe, las estribaciones de Monte Líbano.

Durante aquel enfrentamiento fratricida, toda esta parte de la ciudad -el casco histórico-  pasó a ser  “tierra de nadie”, frente de combate y destrucción, hasta que el cansancio y la movilización de un pueblo harto de sectarismos pusieron fin al conflicto.

El primer mandatario en tiempos de paz, el magnate Rafiq Hariri, puso en marcha un ambicioso proyecto de reconstrucción urbana que, pese a su adscripción al islam suní, intentaba restablecer aquel espíritu de ciudad cosmopolita, diversa y occidentalizada, salvando, en la medida de lo posible, los edificios históricos menos afectados por la guerra. Era curioso, en este sentido, ver en los dibujos del estudio arquitectónico mujeres paseando en minifalda, mientras escaseaban las que iban cubiertas con velo o chador.

Ya hubo en su momento críticas al proyecto realizado, en colaboración con arquitectos franceses, y no solo entre las clases populares, las más afectadas por la destrucción, sino también entre destacadas y notables familias beirutíes que veían, con temor, en las nuevas avenidas, plazas y edificios la distorsión de la imagen que siempre había tenido Beirut. Se temía que, al final, el resultado de la reconstrucción fuera un moderno centro de negocios al estilo de Dubai o Abu Dabi.

El asesinato de Rafiq Hariri en 2005 dio pie a la irrupción de nuevos grupos inversores inmobiliarios, ya en el marco de la globalización financiera, para los que la conservación de los valores urbanísticos y arquitectónicos tradicionales, característicos de Beirut, tenían una relevancia mucho menor.

La reconstrucción del centro de Beirut, ahora de nuevo en ruinas al estallar 2.700 toneladas a nitrato de amonio, pasó a quedar bajo el control de las redes de corrupción que envuelven un gobierno tras otro, de políticos más pendientes de los intereses de potencias regionales o internacionales que de las necesidades de una población acuciada por la ineficacia administrativa -incapaz incluso de recoger la basura de las calles-, víctima de una parálisis que afecta a quien debiera tomar decisiones, con una constante subida de precios en los productos básicos, la incesante devaluación monetaria y, en los últimos meses, su incapacidad de controlar el coronavirus.

La paciencia de la población ya se había acabado hace meses, cuando, a partir de octubre del año pasado, decenas de miles de personas, sin reparar en credo, etnia, lengua o cultura, comenzaron a manifestarse para exigir un gobierno de unidad nacional.

En distintas ciudades, manifestaciones multitudinarias exigían una nueva forma de gobernar al margen de unos políticos que, en realidad, eran los herederos de antiguos “señores de la guerra”, guardianes de un sistema político encorsetado por el reparto de unas cuotas de poder según confesión, tendencia política o comunidad. Este sistema de cuotas fue establecido en los acuerdos de paz de Taif, en 1989, pero tenía un carácter provisional, transitorio, hasta que se estableciera un sistema verdaderamente democrático de representación.

Durante estas dos décadas, los políticos tradicionales han utilizado ese sistema de cuotas para mantener una especie de reinos de taifas fuera del control de la población, un terreno abonado para una corrupción que ha paralizado el desarrollo sociopolítico del país y que, finalmente, debido a la desidia y negligencia del gobierno, ha vuelto a destruir la ciudad, el eje sobre el que pivotea todo el país.

Por eso, la ira de los manifestantes se ha dirigido no contra los responsables del puerto sino contra los miembros del gobierno y del parlamento, contra todos los sucesores de los “señores de la guerra”. Todos han sido “ahorcados” simbólicamente en la céntrica plaza de los Mártires.

Han sido, en este sentido, más que significativas las pancartas declarando Beirut “capital de la revolución” y “ciudad sin armas”, en clara referencia al poderoso Hezbolah (Partido de Dios), grupo chií aún armado supuestamente para defender al Líbano frente a Israel, pero, en realidad, caballo de Troya para la estrategia regional de Irán.

No cabe duda de que la destructora explosión de Beirut ha hecho tambalear también todo el edificio político. La dimisión del gobierno y de un numeroso grupo de parlamentarios abren la puerta a unas nuevas elecciones que pueden dar otra oportunidad para reconducir el futuro hacia un sistema mucho más democrático, para que Beirut resurja otra vez de sus ruinas y el Líbano vuelva a ser una ventana de Oriente Medio al Mediterráneo.

FUENTE: Manuel Martorell / Cuarto Poder