Una voz para descubrir el Kurdistán iraní

De los valles y campos de Marivan a España. Ya pasaron más de 10 años. Para Maryam Fathi, ese camino recorrido no es diferente al de miles de hombres y mujeres de su pueblo. Nacer en Kurdistán implica enfrentarse a la persecución, la represión y, al mismo tiempo, defender el lenguaje, la cultura y los derechos más básicos que les son negados. Maryam lo sabe e intentó, hasta último momento, quedarse en su tierra. Pero el acoso y la persecución desatada por el régimen iraní la empujaron al exilio.

La ciudad donde Maryam vivía forma parte de Rojhilat, como se denomina al Kurdistán iraní. Un nombre que no deja de resonar pese a las restricciones y silencios impuestos por los sucesivos gobernantes de la República Islámica de Irán. Los kurdos y las kurdas de Rojhilat conforman una de las cuatro partes en que fue dividido Kurdistán después de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña y Francia se repartieron Medio Oriente. Se calcula que son 10 millones de personas que junto a sus coterráneos en Siria (Rojava), Turquía (Bakur) e Irak (Bashur), conforman un pueblo de más de 40 millones de habitantes, que es el mayor grupo humano del mundo sin un Estado.

“Rojhilat es una parte bastante desconocida, porque está bajo la administración del Estado iraní, que es islámico, teocrático, autoritario, fundamentalista, que no respeta el derecho de los pueblos, de las mujeres, de los jóvenes y, ni siquiera, de los niños”, resume en diálogo con La tinta Maryam, que en la actualidad es responsable para Europa de la Comunidad de Mujeres Libres del Kurdistán Oriental (Komalên Jinên Azadiya Rojhilat, KJAR).

“Como kurdas tenemos varias identidades que se encuentran bajo represión del Estado iraní: por ser mujeres, por ser kurdas y por el tema de religión, porque en Irán hay diferentes religiones –agrega-. No solo los kurdos, sino que otros pueblos en Irán también sufren, como los baluches, los ahwazis, los azeríes, los kilakos y los turcomanos”.

Vivir en Rojhilat, según la descripción de Maryam, “es estar en una cárcel grande para toda la población, menos para quienes son funcionarios del Estado iraní”.

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Cuando en 1979 se concretó la revolución islámica que llevó al poder al ayatola Ruhollah Jomeini, hubo tres fuerzas que empujaron la rueda de la historia para que la dinastía encabezada por el Sha Mohammad Reza Pahlaví​​​ cayera como un castillo de naipes, pese al respaldo abierto de Estados Unidos y Europa: las propias fuerzas islámicas que dirigía Jomeini desde el exilio, el Partido Comunista iraní (Tudeh) y el pueblo kurdo.

Caída la monarquía e instaurada la República Islámica, Jomeini ordenó la persecución, encarcelamiento y asesinato de miles de militantes de Tudeh y de pobladores de la región kurda. Para el líder del nuevo Irán, sus antiguos aliados ahora debían ser cazados. El régimen iraní prohibió los partidos políticos, decidió que el Islam sea la religión y la ley oficial del país, y negó la existencia de otras minorías religiosas y étnicas. Para ese entonces, los kurdos eran el 10 por ciento del total de la población en el extenso territorio iraní.

Rojhilat es una región que se recuesta en las montañas que forman –en los mapas- la frontera impuesta entre Irán, Irak y Turquía. Agua dulce, petróleo, tierras fértiles y una cultura milenaria conforman una zona que el poder central iraní trata de asimilar desde hace siglos. La represión y el desplazamiento forzado de personas son los métodos vigentes hasta el día de hoy.

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Maryam cuenta que la imposición cultural del Estado iraní se da hasta en las más pequeñas cosas. “La educación es patriarcal, fundamentalista, basada en las leyes islámicas del Corán –afirma-. Por ejemplo, los matrimonios forzados con menores de edad. Por ley, los hombres pueden casarse con cuatro mujeres al mismo tiempo. La educación y los medios de comunicación estatales van por esta misma vía”, sintetiza.

Si hay algo que caracteriza al pueblo kurdo es un alto nivel de politización. La defensa de sus derechos, siempre pisoteados por los estados-nación donde quedaron atrapadas sus tierras, conforma una línea histórica en la cual confluyen rebeliones, actos individuales de resistencia y, en los últimos 40 años, la conjunción de la lucha armada y la aplicación de la autonomía territorial.

“En la zona de Rojhilat, como es politizada y siempre ha estado activa por la existencia de partidos políticos y por la comunidad, hay mucha desobediencia civil por temas como la ecología, las mujeres, la situación económica. Por eso, la zona siempre está militarizada. Hay lugares en Rojhilat que ni siquiera los turistas pueden visitar, porque está prohibido”, señala.

La integrante de KJAR explica que en la región “hay una asimilación cultural, lingüística y una represión muy grave, porque, de hecho, la mayoría de los presos políticos en Irán son de identidad kurda. La mayoría de los presos políticos con penas de muerte son kurdos. La militarización y el encarcelamiento intentan generar una cultura de miedo en el pueblo kurdo, que siempre ha resistido en defensa de sus derechos. Y como es un ejemplo para el resto de los pueblos en Irán, y es una zona de donde han salido muchos movimientos sociales y políticos, siempre hay una mayor represión en comparación con el resto del país”.

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Ser kurdo en Irán implica pagar un precio muy alto. Y ese precio, en muchos casos, es la muerte. Solo entre los meses de enero y febrero de 2021, la Asociación de Derechos Humanos del Kurdistán (KMMK, por sus siglas originales) registró que al menos 114 kurdos y kurdas fueron detenidas en Irán. Desde la KMMK alertaron que las personas arrestadas sufrieron maltratos por parte de las fuerzas de seguridad y que, en muchos casos, los familiares de los encarcelados denunciaron torturas.

Las cárceles iraníes están inundadas de presos y presas políticas, en su mayoría provenientes de Rojhilat. Maryam remarca que no es posible dar una cifra concreta de la cantidad de detenidos por razones políticas. La falta de información oficial y la prohibición de que existan organismos de derechos humanos complica todavía más la situación. Las instituciones, organizaciones sociales y políticas, como la KJAR, funcionan de forma clandestina y sigilosa para escapar de los ojos de los temidos servicios de inteligencia iraníes.

“Un problema grande que tenemos es que cuando arrestan al miembro de alguna familia, al mismo tiempo amenazan a la familia para que no hablen con alguna organización de derechos humanos, para que no hablen con sus familiares que están afuera de Kurdistán, así no se convierten en la voz de estos presos”, relata Maryam.

“Nunca sabes cuántos presos políticos hay. Lo que sí sabemos es sobre las ejecuciones y asesinatos”, asevera.

Las imágenes de hombres kurdos ahorcados en plena calle son una constante en buena parte de Irán. Un recorrido veloz por cualquier buscador de la web, da como resultado una seguidilla de fotografías macabras.

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En Irán existe una provincia que se llama Kurdistán, pero es apenas una octava parte del territorio real de Rojhilat. Maryam detalla que esta región reducida es consecuencia de una política aplicada contra las minorías del país desde la época del Sha. “Pusieron cuatro o cinco ciudades en una provincia denominada Kurdistán, y en las otras partes han hecho una limpieza étnica o una asimilación cultural –explica-. En la provincia de Kurdistán no hemos tenido problemas por hablar kurdo, pero estudiamos en persa. Cuando entras en un colegio o en las universidades, ya no tienes derecho de hablar kurdo. En otros territorios kurdos se ha prohibido el idioma, pero en la calle no, porque nunca han podido controlarlo. Pero cuando esta asimilación dura mucho tiempo, se va perdiendo el idioma, la cultura y la historia. Nosotras la denominamos como ‘asimilación blanca’, porque es menos agresiva, aunque muy efectiva a lo largo del tiempo. Esa es la política de la República Islámica frente a la lengua kurda”.

En 1946, un fuerte movimiento encabezado por el líder kurdo Qazi Muhammad creó la República de Mahabad, la única experiencia independentista que dio vida a un pequeño Estado dentro de Rojhilat. La república, que tuvo el apoyo de la Unión Soviética, duró apenas un año. Fue arrasada por las fuerzas militares del Sha cuando el Kremlin cambió ese respaldo por contratos petroleros con la monarquía Pahlevi.

Maryam habla de colonialismo, de desplazamientos forzados, de una política económica diferenciada que afecta directamente a Rojhilat. Y da un ejemplo concreto: todos los años, la Asamblea Consultiva Islámica (Parlamento iraní) aprueba el presupuesto, del cual solo el 1 por ciento corresponde a la región kurda.

A esto se suma la explotación del medio ambiente. “El Estado ha hecho muchas represas en los ríos, en una política sucia para acabar con el ecosistema de Kurdistán, lo que a su vez genera más pobreza. Muchos pueblos quedaron vacíos porque sus pobladores se refugian en las ciudades grandes”, destaca.

La integrante de la KJAR cuenta que Rojhilat “es un centro de agua dulce” del país, por lo cual el gobierno central traslada ese recurso a otras zonas del país que sufren la falta de este recurso o donde se asientan polos industriales. Esto genera que las zonas campesinas sufran sequías y pobreza, al punto de tener que abandonar sus casas. Maryam también cuenta que al sur de Rojhilat se asientan los ahwazis, el pueblo árabe de Irán, y que hace poco en esa región “hubo manifestaciones graves para rechazar el traslado del agua de una manera no profesional y de forma no ecológica”.

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La organización que integra Maryam forma parte del Movimiento de Liberación de Kurdistán (MLK), que tiene su liderazgo en la praxis sistematizada por Abdullah Öcalan, fundador del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), y que desde 1999 se encuentra encarcelado en la isla-prisión de Imrali, en Turquía.

Bajo el paradigma del confederalismo democrático, la KJAR integra una agrupación mayor, llamada KODAR, y al mismo tiempo participa de la Unión de Comunidades de Kurdistán (KCK), la principal organización del movimiento kurdo que aboga por la autonomía, la liberación de las mujeres, la organización comunal, el cooperativismo y la defensa de la ecología. A su vez, en Rojhilat existe el Partido por una Vida Libre (PJAK) y las Unidades de Defensa del Kurdistán Oriental (YRK), las fuerzas armadas de autodefensa que tienen organizaciones hermanas en las otras partes de Kurdistán.

“KJAR tiene diferentes comités, tanto social, político, ideológico, económico y militar. Nuestro trabajo es luchar para la liberación de las mujeres –detalla-. Desde KJAR, luchamos para crear un sistema de confederación democrática de mujeres en Irán. Creemos en la auto-organización de las mujeres frente al sistema patriarcal y capitalista, y de forma autónoma ante los estados patriarcales que están gobernando estas tierras. Luchamos contra la cultura machista en estos países y en la misma comunidad kurda, porque en Oriente Medio el patriarcado lleva miles de años”.

Como en todas las organizaciones del MLK, siempre se respetan las co-presidencias, integradas por una mujer y un hombre, además de tener espacios mixtos y sólo de mujeres. En Irán, la militancia y el trabajo político es clandestino, ya sea en las ciudades y pueblos, o en las montañas, donde se asienta la insurgencia kurda.

“En Irán hay dos alas dentro del gobierno, que son la reformista y conservadora. Éstos últimos son ultra-religiosos. Los dos son del mismo gobierno. Juegan entre ellos para equilibran un poco la crisis interna y así poder controlar mejor a los pueblos. Pero en estos gobiernos no está permitido ningún partido político de izquierda o socialista. Ni siquiera dentro de los mismos reformistas y conservadores está permitido ningún representante real de los pueblos. Por eso, el trabajo es clandestino y por eso mismo hay un nivel tan alto de ejecuciones y represión”, indica.

Maryam resumen en pocas palabras lo que implica su lucha y la de sus compañeras: “A nosotras, la República Islámica no nos juzga por feministas o como activistas políticas. Nos juzgan como enemigas de Dios”.

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Una de las principales víctimas de la represión del Estado iraní son los kolbers, pobladores kurdos que trasladan mercancías de forma ilegal por las fronteras. A Irán, ingresan alimentos, ropas, electrodomésticos, combustible y alcohol, este último prohibido en el país. Maryam señala que existe “una red de kolbers, porque la gente no tiene trabajo, no puede alimentar a sus familias, entonces van a las fronteras y por poco dinero trasladan estos productos hacia Irán y mueren diariamente”.

Un informe publicado por la plataforma Kolbarnews a principios de año, reveló que en 2020 un total de 67 kolbers murieron en la zona fronteriza entre Irán y Turquía, y otros 163 resultaron heridos. La cifra real, según la plataforma, es mayor, ya que la recopilación de casos se realizó contabilizando las muertes registradas por la policía o publicadas en los medios de comunicación. En el informe se detalló que 59 kolbers murieron como resultado de ejecuciones extrajudiciales por las fuerzas de seguridad iraní y turca. Desde la plataforma advirtieron que “la matanza deliberada de kolbers se ha incrementado desde finales de 2018”.

El término kolber (o kolbar) está compuesto por los términos kurdos “kol” (espalda) y “bar” (carga). A su vez, están los “kesibkar”, quienes viajan de pueblo en pueblo para encontrar compradores para las mercancías que fueron traídas por la frontera.

“Hace unos días, el Estado turco bombardeó a un grupo de kolbers y hasta el momento murieron dos –dice Maryam-. Los soldados iraníes matan diariamente a los kolbers. Todo esto es consecuencia de esta política de colonialismo económico, que no solo afecta a las personas sino que afecta a la naturaleza y al ecosistema de esta zona”.

La semana pasada, la agencia de noticias ANF informó que los dos kolbers de los que habla Maryam murieron “en ataque aéreo turco llevado a cabo el 10 de septiembre sobre el triángulo entre Başkale, provincia de Van, el pueblo de Bilindbasan, en Yüksekova, y el pueblo de Kurani, en Urmia, en Irán”.

Los kolbers eran Sozdar Ehmedi, de 19 años, y Elişen Ehmedi, un adolescente de 16 años. Sus cuerpos ahora descansan en Kurani, la tierra que los vio nacer.

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Maryam vuelve otra vez Marivan, “el punto cero de la frontera con el Kurdistán de Irak”, como ella misma describe a su ciudad, “a la que nunca han podido asimilar”. Esta vuelta, como muchas veces le sucede, es a través de las palabras, los recuerdos y el compromiso de liberación de su pueblo. Volver, asegura Maryam, “es un sueño que tiene cada kurda que lleva años afuera de su tierra”. Y agrega: “Aunque me considere internacionalista, siempre tengo mi corazón en el país”.

“Kurdistán es un país muy bonito, con música, bailes, montañas, valles. En árabe lo llaman yanna, que quiere decir ‘paraíso’. Cuando llegaron los persas, lo llamaron behesht, que significa lo mismo. Es una tierra muy bonita, pero es víctima de muchos años de guerra y de violencia. Entonces siempre dejas tu corazón ahí”, cuenta.

“El pueblo kurdo da alegría a Oriente Medio cuando escuchan su música o participas en las fiestas. Además, la religión nunca fue una cosa radical en Kurdistán –describe-. El pueblo kurdo es uno de los más antiguos de Oriente Medio y ese territorio es la cuna de la civilización, entonces nunca va a haber un muro entre nosotras y nuestra tierra”.

Las últimas palabras de Maryam son una esperanza aferrada en el aire: “Creo que la resistencia del Movimiento de Liberación de Kurdistán nos traerá la libertad. Y podré volver a mi pueblo, pero no yo sola, sino que voy a llevar mucha gente para que vean lo maravilloso que es”.

FUENTE: Leandro Albani / La tinta

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