El genocidio circasiano: una atrocidad olvidada

Dice Thomas de Waal que el Cáucaso siempre ha sido “la tierra en el medio”. Región ubicada entre Europa y Asia, entre Rusia y Medio Oriente y entre los mares Negro y Caspio, el Cáucaso aún es un pendiente en los círculos académicos de América Latina que, al carecer de especialistas en dicha zona, han preferido obviarla y marginarla en sus planes de estudio, lo que dificulta que los latinoamericanos nos aproximemos a las dinámicas, conflictos y tensiones de esta zona del mundo, entre las cuales hoy ofrecemos una reflexión sobre el genocidio sufrido por los circasianos a manos de los rusos.

El Cáucaso, zona montañosa atrapada durante gran parte de su historia entre poderosos imperios, fue por miles de años refugio para naciones y tribus perseguidas, incluidos judíos y cristianos que encontraron en sus montañas un lugar para preservar sus costumbres, idiomas, creencias y prácticas religiosas. Durante siglos, la zona caucásica siguió un derrotero particular, pues si bien estaba condicionada por imperios poderosos, su geografía permitió el desarrollo de particularismos religiosos, étnicos y lingüísticos que aún en nuestros días son percibidos, atesorados y transmitidos intergeneracionalmente.

A nivel geográfico, se puede dividir la zona entre Circaucasia (norte del Cáucaso), compuesta por Chechenia, Osetia, Daguestán, Ingusetia, Kabardino Balkaria, Cherkesia, Circasia, Calmuca, Karachi, Nogai, Adigueya, y lo que los rusos denominan Transcaucasia (sur del Cáucaso), formada por Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Abjasia y Adjaria. Región de alta densidad étnica, lingüística y religiosa en la que coexisten veinte etnias diferenciadas y más de setenta lenguas y dialectos, además de otros mestizajes y otros pueblos pequeños, que otorgan al Cáucaso su particularidad regional ante sus vecinos turcos, rusos y persas, que han tendido a la homogeneización.

La diversidad étnica y lingüística del Cáucaso fue destacada y narrada ya por los invasores árabes del siglo VII que denominaron a la región “Djabal al-Alsun” (la montaña de idiomas). Ejemplo de lo anterior es que en el Cáucaso del sur conviven más de diez nacionalidades. Armenios, georgianos y azerbaiyanos componen los tres grupos étnicos principales a los cuales se suman osetios, abjasos, kurdos musulmanes, yezidíes, talysh y lezgins, cada uno con idiomas y costumbres propios. El Cáucaso del norte presenta también un mosaico de grupos étnicos, principalmente de religión islámica, que habitan en siete regiones autónomas de la Federación Rusa.

La historia del Cáucaso es muy rica y amplia, los 1600 kilómetros que separan el Mar Negro del Mar Caspio han sido testigos mudos de turbulencia política por siglos. Desde las invasoras hordas mongolas del este, los ejércitos islámicos del sur, los cristianos bizantinos medievales hasta las conquistas rusas en le era moderna, han dado al Cáucaso y sus naciones sus características propias.

Quisiera destacar algunos eventos históricos importantes que nos ayudarán a establecer el marco histórico, desde el cual analizar el genocidio circasiano.

En el siglo IV, los armenios y georgianos se convirtieron colectivamente al cristianismo, que sería la religión dominante, junto con la presencia del judaísmo y religiones precristianas antes de las invasiones arabo-musulmanas del año 639, que llevarían al Islam al Cáucaso. Durante el siglo X, tribus turcas Oghuz se asentarían en el territorio del actual Azerbaiyán y le darían su carácter turco distintivo de sus vecinos. Las invasiones y conquistas mongolas de 1223, y que se extenderían por más de veinte años, significarían cambios políticos y transformaciones étnicas importantes para el Cáucaso del sur.

Para el año 1501, la dinastía safávida había logrado gobernar Persia y la mayor parte del Cáucaso sur. Es importante destacar que esta dinastía islámica adoptaría el islam chiita como la religión oficial del reino, lo que sería un elemento de diferenciación y conflicto con los turcos otomanos sunitas.

La desintegración del Imperio safávida en 1722 llevaría a la aparición de varios kanatos y reinos independientes a lo largo del Cáucaso del sur. La fragmentación política de la región fue aprovechada por la Rusia zarista en 1801, cuando se anexionaría los reinos georgianos del este en detrimento de los intereses persas. Rusos y persas firmarían el Tratado de Turkmenchai de 1828 por el cual se confirmaba el dominio ruso de la zona transcaucásica. El control y dominio ruso sobre el Cáucaso no sería fácil debido a los constantes levantamientos locales y a sublevaciones antirrusas.

En su libro Nart Sagas, John Colarusso reunió los principales mitos y leyendas de los circasianos y los abjasos, los cuales relatan las hazañas y fracasos de los Narts, guerreros  y semidioses imaginarios que contienen en sus biografías las emociones y deseos de las tribus, clanes y grupos caucásicos. Las sagas narradas en el libro de Colarusso nos dejan dar una mirada a la vida cotidiana, costumbres y creencias caucásicas que se preservaron por siglos de forma oral y moldearon la conciencia y memoria colectivas de dichos pueblos, tribus y clanes.

Junto a las sagas míticas, el recuerdo de momentos trágicos sufridos por los pueblos caucásicos en la era moderna, delinea y condiciona la identidad y traumas colectivos de sus naciones. El caso de los circasianos merece una reflexión especial. 

Los circasianos, que se denominan a sí mismos “Adyge”, se consideran descendientes de los Hattians, que desarrollaron una sociedad avanzada en Anatolia central en el tercer milenio a. C. Ante la invasión hittita del año 2000 a. C, muchas personas migraron hacia el noreste, ocupando la tierra ubicada entre las modernas ciudades de Sukhumi  y Anapa a lo largo del Mar Negro. Gradualmente, se fueron diferenciando y separando en diferentes comunidades que serían los antecesores de los actuales pueblos ubykh, circasiano, abjaso y abaza.

Los circasianos establecieron relaciones comerciales y políticas con griegos y romanos, a quienes denominaron zigei. Los mongoles destruirían la civilización circasiana en el siglo XIII d. C y llamarían jerkes ‒que significa “aquellos que bloquean el camino”‒ a los habitantes de la región del Cáucaso del norte. La variante rusa cherkes se utilizaría para referirse solo al pueblo adyge y en el siglo XIX sería traducido como circasianos en Europa occidental.

Las invasiones rusas

En su libro The Circassian Genocide, el historiador Walter Richmond asegura que fue la mentalidad rusa la que llevó a la fatídica decisión de destruir a la nación circasiana en la década de 1860. Esta mentalidad rusa se tradujo en un tipo de mando militar agresivo, salvaje y sangriento, que fue establecido desde generaciones anteriores. Los oficiales rusos que gobernaban regiones del Cáucaso solían considerarlas feudos propios, muy alejados del control del zar y sus ministros, y ejercían su poder de manera inclemente.

La destrucción física de la nación circasiana se gestó décadas antes de 1860 y continuó mucho después del genocidio de 1864. Desde que la zarina Catalina La Grande decidiera, en 1760, que las costas del noreste del Mar Negro deberían ser rusas, este objetivo fue una obsesión entre la élite zarista. Los locales se negaron y resistieron a este expansionismo ruso, y regiones como Chechenia darían más de un dolor de cabeza a los rusos, sin embargo, de manera gradual los ejércitos rusos fueron sometiendo la región, y para 1820 los kabardinos serían los primeros en sufrir la agresión rusa al ser asesinados y expulsados de sus tierras, y encontraron abrigo temporal entre sus vecinos circasianos. Ambas naciones continuaron luchando contra las tropas rusas hasta 1864, cuando se registró la masacre masiva de circasianos; los que lograron escapar encontrarían en los Balcanes otomanos un asilo temporal. Los supervivientes del genocidio de 1864 sufrirían de nuevo a manos rusas en 1878, cuando los ejércitos zaristas cometerían una nueva limpieza étnica contra los refugiados circasianos en tierras balcánicas, forzándolos, una vez más, al exilio.

A cuarenta kilómetros de la ciudad de Sochi hay una pequeña cuenca llamada Qbaada (el barranco fortificado). Fue ahí en donde los circasianos presentaron su última batalla contra las tropas rusas, en 1864. Después de la derrota y rendición circasiana del 21 de mayo del mismo 1864, los rusos celebraron un desfile y un fastuoso banquete en Qbaada. Mientras los oficiales rusos celebraban la victoria, miles de circasianos eran llevados al puesto de Sochi desde donde fueron enviados en condiciones infrahumanas a tierras otomanas. En 1869, Qbaada fue habitada por inmigrantes rusos y se le renombró como Krasnaya Polyana (“el prado rojo”) en referencia a toda la sangre derramada durante la batalla final contra los circasianos.

Durante la guerra contra los circasianos, los rusos no dudaron en aplicar medidas inhumanas como deportaciones masivas, asesinatos colectivos y limitación del acceso a alimentos para someter a esta población nativa y así aniquilarla. Un dato revela la profundidad de la tragedia: previo al genocidio, había un poco más de un millón de residentes, pero a finales del siglo XIX solo unas cuántas miles de personas seguirían viviendo en la región, y serían desplazados y dominados por colonos rusos que se apropiarían de las mejores tierras de cultivo.

Se calcula que, por lo menos, medio millón de circasianos fueron asesinados y miles más fueron obligados a un exilio que se extendió por Medio Oriente, los Balcanes e incluso Europa, y desde donde hoy las comunidades circasianas de países como Turquía, Israel, Jordania y Siria siguen recordando a sus muertos.

Los cambios demográficos perpetrados por los rusos a lo largo y ancho del Cáucaso del norte deben ser considerados crímenes contra la humanidad y un legado nefasto, que aún hoy la Rusia de Vladmir Putin se niega a reconocer, siguiendo el patrón de otros países que continúan pretendiendo cambiar los hechos históricos para ocultar a las nuevas generaciones de sus ciudadanos los momentos más vergonzosos de su historia nacional.

El genocidio de los circasianos a manos de los rusos en 1894 es hoy recordado en varias partes del mundo como uno de los crímenes más crueles de un convulso siglo XIX, durante el cual se registraron pogromos anti-judíos en Europa del Este y se establecerían las bases de la tragedia armenia en tierras otomanas, solo por mencionar dos casos que sí han logrado establecerse en la conciencia colectiva mundial.

Paradójicamente, la decisión del Comité Olímpico Internacional de dar la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 a la ciudad de Sochi, justo cuando se cumplían 150 años del genocidio circasiano, ayudó a que un crimen ruso olvidado y una historia de sufrimiento ignorada por Occidente volviera por sus fueros al escenario internacional.

En mayo de 2011, el Parlamento de Georgia aprobó una resolución que definía como genocidio los asesinatos premeditados de circasianos por el Ejército Imperial Ruso en el periodo de tiempo comprendido entre 1860 y 1864. La misma resolución llamaba a la comunidad internacional a considerar a los descendientes de los sobrevivientes de dicho genocidio como “refugiados”. La decisión del Parlamento georgiano logró dar visibilidad a un genocidio olvidado por el mundo, y puso en la mesa de discusión las políticas rusas implementadas a finales del siglo XIX en el Cáucaso.

Aquellos circasianos supervivientes de este periodo oscuro lucharían por generaciones por preservar su cultura, idioma e historia; sin embargo, los países en los cuales residen han tendido a asimilarlos, negándoles su derecho a la identidad nacional y memoria colectivas. Sus descendientes continúan con la lucha y cada 21 de mayo se llevan a cabo eventos de conmemoración y actos de condena contra una Rusia que se niega a aceptar los hechos ocurridos en el Cáucaso y que llevaron a la muerte y exilio a miles de seres humanos.

FUENTE: Manuel Ferez Gil / Jerónimo MX

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