Erdogan declara la guerra al feminismo en Turquía

El 20 de marzo de 2021 pasará a la historia como el día en que el presidente Recep Tayyip Erdogan le declaró la guerra al movimiento feminista de su país, al retirar a Turquía del Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica, conocida como la Convención de Estambul, y también como una fecha coyuntural en la lucha de las mujeres turcas por una vida sin violencia, con equidad e igualdad de género en una Turquía en la cual el machismo y la violencia de género son estructurales, tolerados y justificados por sectores sociales y políticos.

Turquía está en un proceso de alejamiento de aquellos acuerdos y convenios que le sean perjudiciales en materia de derechos humanos, y apunta a crear acercamientos políticos libres de esas limitaciones, sin embargo mientras Turquía resulte funcional a los intereses de los países europeos y Estados Unidos, la forma en que el régimen reprima a sus ciudadanos sólo provocará condenas y alguna sanción que no alterará ni amenazará al régimen.

La Convención de Estambul y sus pilares jurídicos

Antes de hablar sobre la decisión del presidente turco, vale la pena señalar algunos puntos destacados de la Convención de Estambul, que se erige sobre cuatro pilares: prevención, protección, procesamiento judicial y políticas coordinadas entre los estados que firmaron y ratificaron dicho convenio. Al ratificar el documento, los estados se comprometían a motivar roles de género respetuosos, cambiar las actitudes que excusan la violencia contra mujeres, alertar a sus sociedades sobre los efectos negativos que tienen las distintas formas de violencia en mujeres y niños, incorporar a los currículos educativos en todos los niveles material sobre la equidad de género, y la solución de conflictos por la vía no violenta así como promover cambios en los estereotipos de género y empoderar social, política, educativa y económicamente a las mujeres, especialmente a aquellas en situaciones vulnerables.

A los objetivos descritos, se incorporan especificaciones y obligaciones en materia de acceso a la información sobre los derechos de las víctimas de violencia, acceso a servicios de apoyo y refugios para niños y mujeres en situación de riesgo, lo que tendría una base legal en la cual se perseguirá judicialmente la violencia contra mujeres, por lo que la convención establece la obligación de la criminalización por la vía legal de toda violencia (física, psicológica y sexual) contra las mujeres.

Sin mediar más explicación y por medio de un decreto presidencial publicado a medianoche, el gobierno turco se ha retirado de un convenio que en su momento le granjeó aplausos y felicitaciones, tanto en Europa como entre algunos analistas latinoamericanos especializados en las dinámicas turcas, que veían en el Convenio de Estambul un parteaguas en la historia turca (mismos analistas que curiosamente hoy callan ante esta situación).

No faltaron los políticos leales a Erdogan que aplaudieron el decreto. Entre estos políticos turcos cómplices, destaca el caso de la ministra de Familia, Trabajo y Políticas Sociales, Zehra Zümrüt Selçuk, quien, como reportó el portal Duvar, publicó un mensaje en su cuenta de Twitter a las dos de la madrugada del 20 de marzo, en el cual afirmaba: “La garantía de los derechos de las mujeres está en las regulaciones actuales en nuestros estatutos legales, principalmente nuestra Constitución. Nuestro sistema judicial es lo suficientemente dinámico y fuerte como para implementar nuevas regulaciones según sea necesario”; lo que tácitamente justificaba el decreto presidencial.

Protestas de estudiantes y de mujeres

Hay que recordar en este punto que en los últimos meses se ha mostrado la cara más intolerante y represora del régimen turco; baste recordar la forma en que ha lidiado con las protestas estudiantiles desatadas por el nombramiento presidencial del rector de la Universidad de Bogazici (violando su autonomía), así como la persecución a los políticos del partido HDP, el segundo partido de oposición, al cual se acusa de “apoyar al terrorismo del PKK”, que ha llevado a prisión o al exilio a cientos de políticos y académicos turcos críticos con el régimen, para entender que hay procesos preocupantes que apuntan a una pérdida de libertades y espacios democráticos en una Turquía que, no hace muchos años, hablaba de exportar un supuesto “modelo turco” en el cual islam y democracia convivían armoniosamente.

Las reacciones de parte de la sociedad turca al decreto presidencial que retiraba al país de una convención esperanzadora para muchas mujeres, no se hicieron esperar y han sido lideradas por organizaciones no gubernamentales dedicadas a luchar contra la violencia de género y se sumaron a un ambiente social ya muy tenso y crispado desde inicio del 2021. Las redes sociales inmediatamente le recordaron a la ministra Selçuk que en el país se han asesinado a 70 mujeres en los primeros tres meses del 2021, y que en el sistema judicial turco sistemáticamente se defiende a los hombres en los casos de femicidio y violencia doméstica. Dichas ONGs ya habían sido muy críticas con un gobierno que fallaba en implementar la propia Convención de Estambul, especialmente en lo referente a la protección de las mujeres víctimas de violencia y en educar a la sociedad turca en valores de respeto hacia la mujer.

Violencia de género: un problema sólo tratado por la sociedad civil

Aunque el gobierno turco no provee de cifras oficiales sobre femicidio, el portal bianet.org publicó un reporte, disponible en inglés, turco y kurdo, en el cual se cifra en 1.920 las mujeres turcas asesinadas en los últimos seis años. El mismo reporte muestra que en 2020, por lo menos, 284 mujeres fueron asesinadas en feminicidios (más 255 muertes de mujeres clasificadas como sospecha de feminicidio), de las cuales el 48% fue asesinada en su casa. En el mismo reporte, se lee que el 65% de los perpetradores de feminicidio fueron los esposos o parejas sentimentales, y un 19% familiares de las mujeres asesinadas. Una de cada cinco mujeres asesinadas lo fueron por “querer terminar la relación”.

Como si fuera poco, el reporte calcula que, en 2020, al menos 96 mujeres fueron violadas, 147 reportaron acoso sexual, 792 fueron objeto de violencia y 818 fueron forzadas a la prostitución. A lo anterior se suman los 265 niños turcos que sufrieron abuso y los 26 menores de edad asesinados por hombres. Los datos citados han pasado inadvertidos e ignorados por una clase política turca que, salvo contadas y honrosas excepciones, sigue siendo un espacio dominado por hombres con una visión retrógrada del tema de género.

La violencia contra las mujeres es sólo uno de los varios temas de género que se debaten en la Turquía contemporánea, como lo muestra la investigación realizada por Asuman Özgür Keysan,  que desembocó en la publicación de su libro “Activism and Women´s NGOs in Turkey” (2015 I.B. TAURIS), en el cual se analiza la intersección entre feminismo, política y sociedad civil. Özgür Keysan, utilizando como estudio de caso a diez ONGs turcas dedicadas a los asuntos de género, sostiene que en la sociedad civil turca contemporánea hay propuestas generadas por mujeres para producir modelos alternativos de entendimiento del machismo y violencia de género dominantes en el país, y que se encuentran interactuando constantemente con movimientos similares en Europa, América Latina y Medio Oriente.

El movimiento feminista turco se enfoca en una amplia gama de temas, que van desde la ya mencionada violencia de género hasta la pobreza, libertad y educación sexual, pasando por el empoderamiento político de las mujeres, tema que Meltem Ince Yenilmez y Hulusi Demir abordan en su artículo “La identidad política de las mujeres en Turquía”, en el cual demuestran que las reglas patriarcales de amplios sectores de la sociedad turca se replican en el espacio político turco por lo que las mujeres han encontrado en los movimientos de la sociedad civil un espacio en el cual expresar sus demandas y que conecta con lo propuesto por Özgür Keysan, que denomina “ONGización” al proceso que en Medio Oriente en general y en Turquía en particular han permitido la visibilización tanto de mujeres como de sus demandas en el espacio público.

El patriarcalismo, núcleo duro del poder gobernante

Aún se especula sobre las razones que llevaron a un presidente turco a tomar esta polémica decisión, pero lo más probable es que sea una estrategia política de cara a su base electoral conservadora que sostiene que la convención dañaba el concepto tradicional de familia y es contraria “al principio de igualdad de género de la Convención y lo ve como una forma de promoción de la homosexualidad debido a su principio de no discriminación en base a la orientación sexual”, lo que valida la hipótesis de Yenilmez y Demir de que muchas decisiones políticas tienen un arraigo cultural, en el cual los valores patriarcales siguen siendo dominantes y encuentran validación en los sectores conservadores leales a Erdogan y la élite en el poder.

El gobierno de Ankara sostiene que lucha contra la violencia de género, e incluso hizo alarde de una aplicación para celular por la cual las mujeres podían pedir ayuda policial que ha sido descargada por miles de mujeres en el país. Un dato que Duvar aporta es que dicha aplicación no está disponible en kurdo, segunda lengua más hablada del país y que no tiene reconocimiento oficial. Más allá de la propaganda gubernamental, la realidad es que en Turquía el asunto de la violencia de género es preocupante, y lo es aún más si recordamos que el gobierno también ha desatado una virulenta campaña contra la comunidad LGTBI. Baste recordar el reporte del International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association (ILGA) titulado “Rainbow Index”, que ubica a Turquía en el penúltimo lugar de una lista de 49 países englobados en la categoría “European Region”. Mientras países como Malta, Bélgica, Luxemburgo y Dinamarca lideran el índice, Turquía solo supera a Azerbaiyán.

Es indudable que la Turquía de 2021 no se parece en nada a aquella que, en 2005, fuera declarada candidata formal para la adhesión a la Unión Europea. Mientras el gobierno de Erdogan ha desatado una campaña nacional de persecución contra todos aquellos grupos sociales considerados sus enemigos, organizaciones no gubernamentales, asociaciones de estudiantes y académicos, y otros agrupaciones civiles enfrentan al régimen en el espacio público y aprovechan las redes sociales y sus vínculos internacionales para hacer visible su situación y lucha lo que ha despertado simpatías y expresiones de apoyo en Europa, Estados Unidos y Canadá mientras los académicos y políticos latinoamericanos guardan, una vez más, un silencio cómplice y vergonzoso y que se limita a tímidos mensajes en redes sociales.

Las batallas culturales de Turquía

En 2014, Rainer Hermann publicó su libro “Where is Turkey Headed? Culture Battles in Turkey” en el cual este especialista alemán, quien radicó por más de veinte años en Turquía, describe las dinámicas de cambio social que experimentaba el país y en las cuales visualizaba las transformaciones culturales, políticas y económicas de Turquía, así como el reconocimiento de la diversidad étnica y religiosa se enfrentan a las intentonas gubernamentales de control y creación de una identidad nacional homogénea.

Las batallas culturales de las que hablaba Hermann se manifiestan en todas las esferas sociales y políticas, de cara a la celebración del centenario de la creación de la República de Turquía (2023). Mientras, por un lado, Erdogan apuesta a mostrar un país a su imagen y semejanza, alejado del secularismo prometido por Atatürk y afín a una interpretación conservadora e islamista de la vida social, en la cual las mujeres continuarán siendo objeto de toda forma de violencia, por otro lado hay turcos y turcas que resisten en el espacio público y académico estas pulsiones autoritarias y homogeneizadoras.

En esta lucha por el corazón de la república, las mujeres juegan un rol decisivo como lo demuestran las reacciones al retiro de Turquía de la Convención de Estambul y aquellos de nosotros, interesados en Turquía, tendríamos que buscar formas de ayudar a que la balanza se incline hacia aquellos y aquellas que luchan por la libertad, la igualdad y la justicia independientemente de su religión, etnia, clase social y género.

*Recomendación: en la plataforma Netflix está disponible la serie Bir Baskadir, “Nos conocimos en Estambul” -en español-, en la que se retrata la vida cotidiana de mujeres turcas de clases y condiciones sociales y culturales diferentes que interactúan entre sí.

FUENTE: Manuel Ferez Gil / Informe Oriente Medio

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *