¿Es posible separar geopolítica y geoeconomía en las relaciones entre Rusia y Turquía?

En 1985, el investigador y periodista inglés David Barchard acuñó el término “neo-otomanismo” en un artículo titulado “Turkey and West”, publicado por el Royal Institute International Affairs – Chatam House. Intentaba dar la dimensión de la injerencia turca en los asuntos internos de Chipre desde la invasión de 1974, cuando el ejército turco se apoderó de la parte norte de la isla que pasó a declararse la República Turca del Norte de Chipre.

Años más tarde, el investigador Stephanos Konstatinides, profesor de la Universidad de Quebec, retoma el tema en un artículo titulado “Turkey: the emergence of a new foreign policy. The Neo Ottoman new imperial model”. Konstatinides analizó la proyección de la política exterior turca en el período del primer ministro Necmettin Erbakan (1996-1997) con la creación de D-8 (Developing 8), cuyo nombre oficial era D-8 Organización para la Cooperación Económica, formada por Turquía, Egipto, Irán, Pakistán, Malaysia, Indonesia y Bangladesh. La iniciativa fracasó principalmente debido a problemas políticos internos en Turquía, pero fue un excelente termómetro de reclamos futuros.

Entre avances y retrocesos, los líderes turcos entendieron que el país podía ser más que un miembro de la OTAN. Uno de los hitos de este proceso tuvo lugar en 2011. El entonces primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, fue el primer jefe de gobierno en visitar los países de la Primavera Árabe: Egipto, Túnez y Libia, junto con el canciller Ahmet Davutoglu. Turquía, que tenía posiciones dudosas sobre estos hechos, claramente pasó a la ofensiva en política exterior. El lema era: “Cero problemas con los vecinos”, pero la práctica era involucrarse cada vez más en los problemas regionales.

El ingrediente económico fue el apoyo. En poco menos de diez años (2001-2010), Turquía triplicó el comercio con Siria, lo cuadriplicó con el norte de África, se quintuplicó con los países del Consejo de Cooperación del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Omán, Bahrein, Qatar, Kuwait, Arabia Saudita), y siete veces con Egipto. Es interesante notar que entre todos los avances comerciales, el realizado con Siria fue el más modesto y quizás uno de los catalizadores de la política anti-Assad. Durante todo el conflicto, Turquía patrocinó y apoyó a los yihadistas para derrocar al gobierno sirio.

El principal impulsor de este poder creciente fueron las grandes empresas y conglomerados turcos. Empresas constructoras, tejedoras, industrias alimentarias, el sector del transporte, las telecomunicaciones, han ido ampliando sus negocios a escala global. Ya no era solo el eurasianismo al estilo turco. Fue neo-otomanismo.

Era inevitable un choque con otras áreas de influencia en otros países. Rusia es un buen ejemplo. La era de Putin reposicionó al país valorando los recursos naturales y las reservas de energía, y rearticulando las redes y los flujos de los intereses rusos en Asia Central y el Cáucaso. El reequipamiento de las fuerzas armadas creó un gran poder disuasorio. De particular importancia fue la reestructuración de la Organización de Cooperación de Shanghai en 2001, cuando Rusia se alineó diplomáticamente junto a China, Kazajstán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, India y Pakistán. En el mismo período, Rusia y China firmaron el Tratado de Cooperación y Buena Vecindad, otro termómetro de la geopolítica mundial.

En el ámbito académico, las dimensiones territoriales rusas llevaron a la reanudación de antiguas teorías geopolíticas. Las tesis de Halford Mackinder (1861-1947) que valoraban el control de la gran masa de tierras euroasiáticas para quienes aspiraban a ser protagonistas a escala mundial, volvieron a ocupar un papel central. Rusia es real y simbólicamente la parte más importante de Heartland, el “corazón de la tierra” según el clásico geopolítico británico.

La discusión geopolítica estaba ganando importancia ya que eso era exactamente lo que estaba haciendo la Rusia de Putin. Al valorar sus posiciones geográficas y geopolíticas, las empresas rusas, especialmente en el sector energético y tecnológico-militar, cobraron protagonismo e impusieron la necesidad de una cuidadosa visión estratégica al entorno más inmediato, especialmente el Cáucaso, Oriente Medio y Asia Central.

Para muchos analistas, Rusia aplica la estrategia geopolítica del neoeurasianismo, defendida por el profesor de la Universidad de Moscú, Alexsander Dugin, quien lidera un grupo político llamado Partido Euroasianista. Es autor del libro “La Cuarta Fuerza Política” y propone superar el liberalismo, el comunismo y el fascismo fortaleciendo al Estado ruso en oposición a Occidente, y rechazando cualquier vínculo con sistemas de gobernanza global. Muy popular en algunos círculos intelectuales de todo el mundo, sus ideas son bastante controvertidas y asumen un carácter totalitario. Los estudiosos de la situación actual dicen que Dugin tiene influencia entre los grupos de poder en Rusia, tanto en la sociedad civil como en el parte de las fuerzas armadas.

Es difícil determinar si existe un enfrentamiento entre estas ideologías. ¿El neoeurasianismo es una respuesta al neo-otomanismo? ¿Se oponen o se complementan?

La guerra en el Cáucaso en septiembre de 2020, que comenzó con violentos ataques azerbaiyanos apoyados por la inteligencia turca y la tecnología israelí, contra las poblaciones armenias de Artsaj (Nagorno Karabaj), dejó una pregunta en el aire: ¿cuál será la posición de Rusia en su área de influencia?

En un artículo reciente en Le Monde Diplomatique, el periodista Igor Delanoe presentó algunas de estas contradicciones y convergencias en las relaciones entre rusos y turcos después del ataque a Artsaj. Nuevamente, se necesita un análisis más detallado para encontrar pistas sobre lo que está pasando.

En Siria, en gran parte destruida por la acción criminal de la inteligencia militar turca, las rivalidades entre los dos países aparentemente se centraron en si apoyar o no a Bashar Al Assad. Para los rusos, Siria es un aliado histórico que proyecta sus fuerzas en el Mediterráneo con concesiones estratégicas a Moscú, como el puerto de Tartus. Desde el regreso de la Armada rusa al Mediterráneo, en 2013, y después de 20 años de ausencia, la región de Tartus ha sido utilizada por portaaviones con el “Almirante Kuznetsov” y el destructor “Pedro el Grande” para atacar posiciones de yihadistas apoyados por Turquía en Siria.

Para Turquía, Siria siempre ha sido una amenaza para sus intereses en la región. La alianza del ex presidente Hafez Assad (1971-2000) con los rusos siempre fue una tensión para la asociación Turquía-Estados Unidos, a través de la OTAN, durante la Guerra Fría (1947-1991). Los líderes turcos también usaron el conflicto para tratar de reprimir violentamente al pueblo kurdo en su lucha libertaria, democrática y feminista en Rojava (Kurdistán sirio). Las rivalidades en Libia, desestructurada y totalmente fragmentada después de Gaddafi (1969-2011) serán analizadas en otra oportunidad.

La dualidad de las relaciones turco-rusas tal vez pueda expresarse de la siguiente manera: si, por un lado, el neo-otomanismo parece ser una doctrina geopolítica que pone en riesgo el poder euroasiático de Rusia, por otro lado las relaciones económicas y comerciales tienden a acercar a los dos países.

En 1999, por ejemplo, se firmó el megaproyecto del gasoducto Blue Stream. Con un costo aproximado de cuatro mil millones de dólares, comenzó a operar en 2003 trayendo gas natural de Rusia, vía el Mar Negro, para ser distribuido especialmente a Europa. No es un trabajo sencillo. Es un acercamiento efectivo entre la poderosa empresa rusa Gazprom y Bottas Petroleum, de Turquía. Recientemente, tras la tensión y retirada generada por la caída del avión militar ruso Sukoy, en 2015, por parte de la defensa turca, Putin y Erdogan retomaron el proyecto TurkStream que lleva gas desde Krasnodar (Rusia) a Kiyikoy (Turquía), y de allí a todo el sureste de Europa. Fue inaugurado por los dos líderes en enero de 2020.

En 2010, se concluyó el acuerdo político que permitió la construcción del Complejo Nuclear Akkuyu en el suroeste de Turquía, en la costa mediterránea. El proyecto está a cargo de la empresa rusa Rosatom, uno de los símbolos del poder de Putin. La ejecución corre a cargo de la megaconstructora turca Ozdogu, que también opera en el sector minero. Habrá cuatro plantas de generación de energía y el proyecto costará entre 20 y 30 mil millones de dólares.

Uno de los hechos más intrigantes de esta relación dualista es el sector militar. En 2017, Turquía realizó pedidos del S-400, un poderoso sistema antiaéreo ruso, lo que generó una enorme tensión entre sus socios de la OTAN. Los gastos iniciales de este acuerdo rondan los tres mil millones de dólares, y los rusos ya han entregado el primer envío. Numerosos informes indican que las fuerzas armadas turcas habrían rastreado los F-16 aliados al probar el sistema ruso. Los estrategas de Washington cuestionan si los turcos integraron programas y datos digitales en el S-400, abriendo así una ventana para el espionaje ruso.

El conflicto del Cáucaso expone una complejidad en la hoja de ruta de Relaciones Internacionales. La aparente pasividad de Rusia frente al protagonismo turco en el apoyo al ataque criminal azerbaiyano contra los armenios es la nueva cara de un juego cada vez más pragmático con maquillaje de una disputa expansionista.

FUENTE: James Onnig / Diario Armenia

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