Los libertadores de Mosul se convirtieron en ocupantes

Hay largas colas de coches ante las gasolineras de la segunda ciudad de Irak, Mosul, perteneciente a un país productor de petróleo que padece escasez de gasolina. Es una de las consecuencias de la presencia de milicias chiíes en esta ciudad, que cuenta con una mayoría de población sunní, una ciudad a la que estas milicias liberaron del ISIS en 2017.

“Parece una nueva ocupación”, afirma el ingeniero Muaamar Sameer Saadoon, que importa e instala aparatos eléctricos en Mosul. Su empresa a duras penas sobrevivió a la ocupación del ISIS y la liberación no ha supuesto demasiado alivio. “El Daesh exigía un porcentaje de los beneficios de empresas como la mía”, afirma, empleando la abreviatura local para denominar al ISIS. “Con el Daesh era el 10%. Ahora tenemos que pagar entre el 14% y el 15% a las milicias”.

La extorsión supuso una importante fuente de ingresos para el ISIS, y antes que ellos ya lo había hecho Al Qaeda, lo mismo que las fuerzas de seguridad iraquíes. La diferencia ahora, afirma Saadoon, es que antes de que el ISIS tomara el poder en 2014, el miedo a ser descubiertos frenaba a los funcionarios, pero este miedo desapareció rápidamente en cuanto el ISIS empezó a pedir abiertamente dinero por diferentes cosas (lo denominaban “impuestos”). “Esto llegó al extremo de que el ISIS se asoció con los funcionarios y se quedó con parte del dinero de la extorsión”.

No tuvo más remedio que pagar, porque de otra manera los artículos que necesitaba no habrían pasado los checkpoints de acceso a la ciudad, y que también estaban bajo el control de las milicias. Eso también explica que camiones cisterna llenos de gasolina, que Mosul recibe de las refinerías de Irak, vuelvan a salir de la ciudad para venderla en la región del Kurdistán e incluso en Irán, y que mientras las milicias se enriquecen, la población civil de Mosul tiene que hacer cola.

Los miembros de la Brigada 30, todos ellos combatientes de la minoría chií shabak, tienen el monopolio de la chatarra, una importante fuente de ingresos después de cualquier guerra en Irak, sobre todo en Mosul, dada la magnitud de la reciente destrucción. Por eso, la chatarra se amontona a lo largo de la carretera principal entre el Kurdistán y Mosul, que atraviesa el territorio shabak. Sobre los restos de coches y de metal retorcido, ondean triunfalmente banderas chiíes.

Los shabak son un grupo étnico conformado por más un cuarto de millón de personas que, durante mucho tiempo, han vivido en relativa paz en la llanura de Nínive y en Mosul. Durante la batalla contra el ISIS, sus combatientes se integraron en las Fuerzas de Movilización Popular, como hicieron otras milicias. Tras la liberación, se quedaron para ayudar a la policía y al ejército a asegurar las zonas sunníes y así fue como consiguieron pasar de ser un grupo minoritario a convertirse en un poderoso agente.

Desde que Saadoon perdió el local de su empresa durante la guerra contra el ISIS, busca uno nuevo. “El gobierno local dedicó a la industria zonas especiales situadas alrededor de la ciudad, pero los milicianos las han dividido, las han repartido entre los suyos y las han vendido como viviendas”. Saadoon afirma que es imposible protestar porque se arriesgaría a ser secuestrado. O a sufrir un atentado, como le ocurrió al próspero restaurante Abu Leila, situado al oeste Mosul, que se negó a pagar a los funcionarios corruptos. Quedó gravemente dañado y no ha vuelto a abrir desde entonces.

Otra fuente de ingresos para las milicias son los fondos para la reconstrucción que llegan desde Bagdad, por lo que gran parte de Mosul continúa en ruinas. Lo que se está reconstruyendo es gracias, sobre todo, a préstamos privados que consiguen ciudadanos y hombres de negocios, y gracias a la ayuda exterior. “Debemos agradecer su ayuda a las ONG internacionales”, afirma Saadoon, aunque todo el mundo sabe que ellas también tienen que pagar a las milicias un porcentaje de su dinero destinado a la ayuda.

La falta de popularidad de las milicias en Mosul se debe, en parte, a la mala relación que la ciudad tiene con Irán. Durante años, este país vecino, que adiestra y paga a las milicias iraquíes, fue el principal enemigo de Irak. Y durante mucho tiempo, Mosul ha sido la capital militar de Irak debido a las academias militares con las que cuenta la ciudad. El ejército que luchó contra los iraníes se formó aquí.

Así que en esta ciudad sunní abunda una ira silenciosa contra los omnipresentes estandartes verdes y rojos con imágenes del yerno y del nieto del profeta Mahoma, los hombres a quienes los chiíes consideran los únicos sucesores auténticos del profeta. Y también contra los pósteres del general iraní Qasem Soleimani y del líder iraquí de las Fuerzas de Movilización Popular, Abu Mahdi Al Muhandis, que trabajaban codo con codo y fueron asesinados por un drone estadounidense en 2020. Para muchas personas suníes, simbolizan el poder que Irán tiene en Irak. Hace mucho que se olvidó el papel positivo que ambos hombres habían desempeñado en la batalla contra el ISIS.

“Simple y pura provocación”, lo califica el joven político Abdullah Al Nujaifi. “¡Ahora hasta tenemos una escuela Jomeini! Por eso, la gente se siente cada vez más reprimida. Es como si ya no vivieran en su propio país”.

Para Nujaifi, que fue candidato en una lista sunní en las elecciones parlamentarias iraquíes, pero no obtuvo escaño, todo es una cuestión de la identidad sunní de su ciudad, que la forma radical de sunnismo del ISIS hizo que se volviera controvertida. Afirma que las milicias chiíes explotan esta idea. “La gente tiene miedo de hablar de ello. Cada vez que trato de abordarlo me encuentro con miedo”.

El padre de Nujaifi, Atheel, era gobernador de Mosul antes de la llegada del ISIS, y su tío Osama era presidente del parlamento iraquí. Al joven Nujaifi le preocupa el poder cada vez mayor que tienen las milicias. Afirma que ahora controlan hasta el Consejo de Sanidad, de modo que no se ha reconstruido ninguno de los hospitales públicos de la ciudad, y el millón y medio de habitantes de la ciudad se las tiene que arreglar con una par de barracones de emergencia.

La Brigada 30 de los shabak comparte el poder con otras tres milicias pro-iraníes: Kata’ib Al Imam Ali, Hezbollah y Asaid Al Haq. Desde 2018, han ignorado las órdenes de Bagdad de volver a sus bases ni tampoco se ha acatado la decisión de la capital de cerrar las oficinas de las milicias. También está activa aquí la Brigada 50, de conformación cristiana, o Kata’ib Babiliyun. Su líder, Rayan Al Khaldani, ha sido incluido en las listas de sanciones estadounidenses, lo mismo que Abu Jaafar Al Shabaki, de la Brigada shabak, sobre todo debido a las extorsiones, las detenciones ilegales y los secuestros con los que sus milicias intimidan a la población civil.

El empresario Muaamar Saadoon señala que debido a la presión los líderes de las milicias, buscan cómo asegurar su poder económico y militar, por eso se presentaron a las elecciones parlamentarias de octubre, e incluso obtuvieron escaños. “Tienen que impedir que les roben el dinero que han podido robar”, afirma.

Nujaifi afirma que el hecho de que Irak tenga ahora parlamentarios contra los que pesan sanciones internacionales, supone un ataque al Estado iraquí. “La gente que ha perdido la confianza en el gobierno no ve otra solución que acudir directamente a las milicias para que les resuelvan sus problemas. Ahí es donde hemos acabado”.

FUENTE: Judit Neurink / Al Monitor / Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

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