Los migrantes

El infierno de la migración de nuestros días es extremo. Mujeres y hombres, con frecuencia con hijos, o niños sin padres, enfrentan los obstáculos sociales, políticos, climáticos, geográficos, delictivos más brutales, marchan por caminos inacabables en selvas y llanos, y les esperan en el camino, o en el país de su destino, soldados que los devuelven al principio de cada hazaña, que pudo haberles tomado años cumplir, para iniciarla de nuevo: lo que quieren dejar atrás es peor. La implicación es terrible: los que no migraron o no pudieron hacerlo, permanecen en un infierno más profundo. Migrantes y no migrantes son las dos caras de uno de los procesos sociales masivos más inhumanos, que constituyen al sistema colonial capitalista.

El caleidoscopio social de los colonizados, con su opresión continua, construye seres humanos con una suma de arrojo, capacidad de trabajo, resiliencia y potencialidad de desarrollo, que los haría fuerza de trabajo altamente deseada y demandada. Pero en el país de destino “elegido”, si no son rechazados, les esperan los salarios más bajos, la falta de derechos, el hacinamiento como vivienda, la discriminación racial sistemática, el trato policiaco más artero. Durante más de un siglo, los empleadores del centro imperial contrataron esa fuerza de trabajo o la rechazaron, según la fase -ascenso o descenso- del ciclo económico. La globalización neoliberal trajo consigo el estancamiento secular y, ahora, esa fuerza productiva no hace falta, el capitalismo no puede crearle empleo en ninguna parte.

Los migrantes hacinados en la frontera de Bielorrusia con Polonia, o en la de México con Estados Unidos, no están ahí por su decisión, sino porque sobran. La globalización neoliberal fue construida para despejar de estorbos a la expansión del capital, y una de sus primeras reglas dispuso: libertad de movimiento al capital, no a la fuerza de trabajo. La no libertad transfronteriza de la fuerza de trabajo es otro recurso de los empresarios.

Los miles de migrantes -kurdos la mayoría- apiñados en la frontera con Polonia, en medio de un invierno feroz, que intentan llegar a la Unión Europea (UE), casi todos son del Kurdistán iraquí y no ignoran lo que ocurrió en “su” país. La invasión militar extranjera a partir de 2003 dirigida por Estados Unidos y apoyada por Europa hizo de Irak tierra arrasada. El supuesto respaldo de Sadam Hussein a los terroristas del 11-S y la fabricación de armas de destrucción masiva que planeaba utilizar contra Estados Unidos, fueron mentiras flagrantes. Pero la infraestructura económica fue demolida y gran parte de la vivienda de la población civil fue derribada mediante bombardeos. De esa devastación nació la posibilidad de Lukashenko, presidente de Bielorrusia, de manipular a miles de desamparados, para sus fines geopolíticos. Que Lukashenko intente usar a los kurdos como moneda de cambio, no les borra a esos menesterosos su condición de migrantes, como quiere el gobierno de extrema derecha que gobierna Polonia.

Igual ocurrió en Afganistán o en Libia. Masacres de civiles, destrozo de la infraestructura, incluidos los servicios públicos, destrucción sistemática de la naturaleza, robo por los invasores de las riquezas que hallaron a su paso. Crearon así una muchedumbre que huye y continuará huyendo de sus países porque sus tierras fueron arrasadas.

Haití, el país más pobre de América, ha vivido en un caos político provocado por los poderes imperiales. Pobreza desorbitada y caos social producen emigración compulsiva. Pero hay más fuerzas que la impulsan: el caos político dio lugar al caos de las bandas delictivas que asuelan al país. Los patrones actuales de la migración haitiana comenzaron a configurarse en 2004, cuando, debido a un golpe de estado, la ONU envió una misión que fue encabezada por Brasil y Chile. Los haitianos más pobres fueron reclutados para trabajar en la construcción de los estadios de la Copa del Mundo: se volvieron la mano de obra más barata de Brasil. Luego fueron despedidos y se convirtieron en fuerza de trabajo sin papeles, pero se asentaron en ese país. Y ello produjo una corriente de nuevos migrantes haitianos que, desde 2018, buscaron entrar a Estados Unidos.

En 2010, un terremoto produjo su cuota de migrantes y, en ese año, de la mano de Hillary Clinton se creó un gobierno haitiano neoliberal cuyo programa produjo nuevas corrientes migratorias. De acuerdo con la activista y académica haitiana Mamyrah Dougé-Prosper, entrevistada por Leticia Garziglia, de ALAI, el “plan de desarrollo” de ese gobierno tenía cuatro ejes: turismo, grandes plantaciones, agroindustria, y parques industriales y minería; los cuatro ejes requerían tierras. Así que resultó imperativo “desplazar a la gente de sus tierras; parte de la migración forzada está relacionada con el despojo de tierras… Uno se ve obligado a abandonar su tierra, ya sea porque le han engañado para que la venda… o porque le han echado de la tierra aunque no quiera venderla”.

La vida inicua de los migrantes.

FUENTE: José Blanco / La Jornada

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