Un Papa de visita en Irak

Ahora, ante la visita del Papa a Irak, recuerdo la navidad de 2013: esa mañana nos despertamos en Bagdad con una bomba que se oyó en toda la ciudad y dejó más de 90 víctimas, entre muertos y heridos. El ataque se produjo en el sur contra una Iglesia cristiana, donde se habían reunido miembros de esa comunidad para celebrar el nacimiento del niño Jesús.

En ese momento, el número de cristianos en Irak ya estaba bastante diezmado: había pasado de 1.400.000, en 1987, a tan solo 330.000 en 2013. Sin embargo, los números de hoy, en 2021, se cifran en menos de 300.000.

Tres dinámicas explican parte de la salida de esta comunidad religiosa de Irak: en los años 1990, las fuertes medidas económicas de embargo contra ese país; en la década siguiente, especialmente después del año 2003, la invasión de Estados Unidos, y luego la guerra interreligiosa entre suníes y chiíes; y a partir de 2014 hasta nuestros días, la presencia del Estado Islámico (ISIS).

Francisco parecía pensar en estas dinámicas perversas al  mencionar “la plaga de la corrupción, los abusos de poder y la ilegalidad en la que se ha sumido el país en los últimos tiempos”.

Es la primera vez que un pontífice pisa las antiguas tierras de Mesopotamia. Y cada sitio fue escogido, sin duda, para mandar un mensaje muy claro. Bagdad, la capital iraquí, es un símbolo político y desde ahí  el Papa demandó solidaridad internacional hacia los pueblos musulmanes que han sufrido las guerras en Oriente Medio. También defendió la soberanía iraquí de agentes externos.

Francisco estuvo en Najaf, ciudad sagrada de los chiíes. En ella reposan los restos de Alí, yerno del profeta Mohamed, así como la casa de Al Sistani, un ayatola de 90 años que es la cabeza de la rama chií del islam en Irak. Desde allí, pidió protección para la población cristiana que permanece en el país a pesar de la situación política.

Ur fue la cuna de Abraham y, por tanto, es sitio común de las religiones descendientes de él: el judaísmo, el cristianismo y el islam (las tres religiones que el Corán reconoce como de los pueblos del Libro). Ese fue precisamente el lugar donde Francisco habló a favor del diálogo entre hermanos y en contra de la guerra.

Estuvo en Mosul, donde está la tumba del profeta Jonás, destruida en uno de los ataques del Estado Islámico; allí contempló los efectos de la guerra. Entre sus habitantes hay musulmanes y cristianos, que convivían sin ningún problema por razones de fe, hasta que llegó el Estado Islámico. Mosul simboliza la preocupación compartida, tanto por el islam como por el cristianismo, del resurgir del Estado Islámico, y la necesidad de combatir el extremismo religioso.

Entre Erbil y Mosul queda la ciudad de Qaraqosh, que Francisco visitó y donde está la inmensa mayoría de cristianos iraquíes (representan el 96 por ciento de su población) y donde se recuerda el genocidio contra los yezidíes, en el marco del exterminio cometido por el Estado  Islámico por motivos religiosos. En este lugar, Francisco hizo mención directa a tal genocidio y a la violencia sexual contra mujeres y niñas.

Y finalmente pisó Erbil, donde los cristianos sufrieron, junto con las comunidades chiíes, la furia del genocidio emprendido a finales de los años 1980 por Saddam Husein, el cual fue llevado a cabo con gas tóxico suministrado por Estados Unidos. La misa en Erbil, la más grande realizada en toda su visita, le sirvió para rechazar el pasado de guerra.

Para el Papa fue un paso de recuperación de la influencia cristiana en Oriente Medio, y para Irak fue un mensaje al mundo y sus relaciones políticas: si podemos dialogar con el Papa y recibirlo en nuestro país, podemos hacerlo con cualquier gobierno o líder mundial.

La agenda del Papa

La gira del Papa representa un avance del catolicismo en un una región donde ha perdido fuerza, tanto por el crecimiento del islam como por la persecución desatada por grupos radicales contra la comunidad cristiana.

El reconocimiento de esa comunidad en tierras de Mesopotamia también es un llamado al respeto de su integridad física, tal como lo pidió el ayatolá Al Sistani tras el diálogo con  Francisco, en Najaf. Ese mensaje no solo iba dirigido al líder chií, sino también a las autoridades iraquíes.

Destaca también el diálogo interreligioso que no solamente representa una puerta de entrada a las posibles soluciones a las tensiones en Irak y Siria, sino que es una excelente herramienta ya probada desde los años 1990 en el caso del Líbano y que, ahora, podría servir para otros conflictos como los de Birmania, Filipinas y Sri Lanka.

Queda claro el temor al extremismo religioso y la necesidad de trabajar en su prevención. Esto implicaría  enfrentarlo no de manera parcial y reactiva, como se ha venido dando hasta ahora, sino entender los contextos en que surge dicha violencia. Esta visita es también un bálsamo para los cristianos sobrevivientes a tantos años de guerra.

Su oración en Mosul empezó diciendo: “Si Dios es el Dios de la vida -y lo es-, a nosotros no nos es lícito matar a los hermanos en su nombre. Si Dios es el Dios de la paz -y lo es-, a nosotros no nos es lícito hacer la guerra en su nombre”.

Francisco regresó a Europa y atrás quedó Bagdad. A unos 110 kilómetros al suroccidente de la capital se encuentra la antigua Babilonia, donde según la Biblia algún día hubo una torre de Babel en la que las lenguas se mezclaron e hicieron imposible el diálogo. Hoy la utopía de este viaje es volver a un diálogo en el que las personas de diferentes culturas y religiones se entiendan en el idioma universal de la paz.

FUENTE: Víctor de Currea-Lugo / Kurdistán América Latina

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