“La cultura abre todos los caminos que están cerrados”

Filmar y contar historias que años atrás estaban prohibidas. Filmar y formar a una nueva generación de cineastas. Filmar y contribuir a la creación de una nueva sociedad. Todo esto en medio de una guerra que ya lleva más de diez años. Así lo piensan y hacen los hombres y las mujeres que integran la Comuna de Cine de Rojava, fundada en 2015 en el Kurdistán sirio.

Sevinaz Evdike, directora de cine y responsable de las relaciones internacionales de la Comuna, estuvo la semana pasada en España para presentar el ciclo de cine errante kurdo, Rewend. Durante tres días, en Madrid, se pudieron ver películas de ficción, documentales y cortos que la Comuna produjo en apenas cinco años, en condiciones difíciles y en las cuales los principales protagonistas son los propios pobladores de un territorio asediado por grupos terroristas y los ataques del Estado turco.

Cansada, pero siempre sonriente, Sevinaz habla con La tinta sobre Rewend, que este año también viajará a Francia y a Italia. Pero, sobre todo, cuenta cómo es ser cineasta en Rojava y participar en la Comuna, un espacio que no es ajeno a las profundas transformaciones políticas y sociales que se producen en el norte y este de Siria desde 2012, cuando la población junto a sus fuerzas militares de autodefensa declararon la autonomía del territorio e iniciaron una resistencia que, hasta ahora, no pudo ser doblegada ni por el Estado Islámico (ISIS), el régimen sirio o el gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan.

“La Comuna, en un principio, no empezó como una organización. Algunos cineastas que ya hacían películas, después de la revolución, tuvieron la libertad de trabajar –cuenta la directora-. Muchos internacionalistas que llegaron a Rojava y que participaron en la lucha también eran cineastas. No llegaban para hacer películas, sino para contribuir a la revolución. Entonces, ambos grupos de personas empezaron a trabajar juntos”.

Ese antes y después del que habla Sevinaz tiene que ver con la censura del régimen sirio. Aunque muchas veces se filmaba con la aprobación del Estado, los productos finales nunca veían la luz. Un caso emblemático ocurrió en 1985, cuando el director Karim Baqistan rodó en la ciudad kurda de Serêkaniye, pero la película nunca se estrenó por el veto de los servicios de inteligencia oficiales. En esa película, considerada el primer intento de producir cine en Rojava, el protagonista recibió tantas amenazas que pidió que todas las escenas donde aparecía fueran quemadas.

Enseñar y formar

Con la Comuna de Cine funcionando con apenas 30 personas, de las cuales solo cinco eran profesionales, los desafíos para un nuevo cine kurdo estaban sobre la mesa. Sevinaz viene de una familia de cineastas y estudió esa carrera en Diyarbakir, capital histórica de Kurdistán, ubicada en el sudeste de Turquía. Antes, cursó cuatro años de Psicología en la provincia de Deir Ezzor. Pero siempre tuvo claro que el cine era la pulsión más fuerte que la motivaba, no solo en lo profesional, sino dentro de la larga lucha centenaria que lleva adelante su pueblo.

“Al principio, había gente de Rojava, Bakur (Kurdistán turco) e internacionalistas que se reunieron –cuenta sobre los inicios del proyecto-. Hicieron un comunicado, invitando a los jóvenes que estaban interesados en el tema. Se crearon grupos de trabajo de tres meses. En julio de 2015, la Comuna se proclamó como tal. Había cineastas conocidos y había gente que nunca había trabajado en cine. Y todos se reunieron para crear la Comuna”.

El primer objetivo en la Comuna fue “enseñar y formar”, porque “durante 40 años, ese trabajo estuvo prohibido para nosotras –señala Sevinaz-. La gente que entonces trabajaba clandestinamente veía muy importante tener una formación en cine. El segundo objetivo era poder difundir nuestras ideas y que la gente se interesara en el cine y miraran las películas”.

“El pueblo estuvo durante años en guerra y queríamos mostrar otra cosa. También queríamos darle la opción al pueblo de que mire otro cine, otras culturas y otras historias. Y poder formar a la gente, construir una nueva cultura y difundirla –remarca-. Nosotras ya éramos cineastas y queríamos divulgar nuestra cultura cinematográfica”.

En el primer tiempo, se fundó una academia de formación que duró dos años, pero fue cerrada por los constantes ataques militares de Turquía. En esos 24 meses, los y las estudiantes produjeron 12 cortometrajes y documentales. Como Comuna de Cine, hasta ahora, se realizaron cinco documentales, cuatro películas de ficción y decenas de cortometrajes.

“Donde hacemos las películas, trabajamos con la gente de los lugares. Ahora estamos recibiendo los frutos del trabajo que hemos hecho –destaca Sevinaz-. Antes, cuando le decíamos a una familia que queríamos que una de sus hijas participe en una película, lo veían de una forma mala. Pero ahora, cuando les pedimos que participen, dicen que sí, porque saben que existe la Comuna y vieron muchas de las películas. Ahora responden de forma positiva”.

La lucha cultural

En Rojava, la lucha no solo es con las armas en las manos. La cultura, que en el caso del pueblo kurdo le fue negada y perseguida durante décadas en Siria, es un frente tan importante como el militar. Sevinaz lo resume así: “La cultura abre todos los caminos que están cerrados. Es la llave para abrir todos los caminos. Cuando se pierde la motivación, a través de diferentes muestras de la cultura se puede levantar la moral”.

Para una población que casi no tenía derechos, donde hablar en su lengua materna era por demás de peligroso y donde sus expresiones artísticas, en muchos casos, eran calificadas como “subversivas”, con la Comuna de Cine, se busca una mirada profunda de la propia historia de quienes habitan Rojava.

“Queremos recuperar nuestra cultura y enseñársela a todo el pueblo, especialmente a los jóvenes, para que se la puedan transmitir a las próximas generaciones”, sintetiza la directora kurda. “He conocido a los cineastas antes de la revolución, kurdos y árabes. Buscaban una idea, un guion, pedían dinero y creaban su película –recuerda Sevinaz-. Pero los cineastas que se han criado después de la revolución quieren hacer obras según la necesidad de la revolución. Queremos crear películas que respondan a la realidad de nuestro pueblo, que nos veamos en esas películas”.

“Siempre tenemos sueños”

En la actualidad, la Comuna de Cine de Rojava está dividida en tres grupos que trabajan desde las ciudades de Qamishlo, Kobane y Sheba. A esta última localidad, la Comuna se trasladó –junto a unos 300 mil refugiados y refugiadas- desde Afrin en 2018, cuando Turquía ocupó ilegalmente esa región kurda de Siria.

Por estos días, la Comuna continúa filmando una serie de películas, en las cuales trabajan 150 personas en total. En cada uno de sus centros, hay entre 25 y 30 personas fijas con las más variadas ocupaciones.

Sevinaz dice que tuvo muchos sueños. Uno de ellos fue estudiar en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, pero nunca lo pudo cumplir. Ahora todas sus ilusiones y fuerzas están puestas en la Comuna de Cine. “En los últimos años, las películas que hemos hecho han contribuido en difundir la voz y la práctica en Rojava hacia el exterior”, indica.

Como epílogo de la conversación, Sevinaz apunta que, en la Comuna, “siempre tenemos sueños” y, por eso, todos los días trabajan “para que se realicen”. “Hasta que muera, voy a defender las ideas de Rojava –finaliza-. Cuando Kobane fue atacado por ISIS, defendimos la ciudad e hicimos películas junto al pueblo. Eso lo voy a guardar siempre en la memoria”.

FUENTE: Leandro Albani / La tinta / Foto de portada: La tinta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.