“Me di cuenta del momento histórico que era la batalla entre Daesh y el movimiento kurdo”

Kemal me envía fotos. En algunas, se lo puede ver practicando tiro, descansando, hablando con les pobladores de Rojava (Kurdistán sirio), donde estuvo en dos ocasiones como voluntario internacionalista, entre 2016 y 2018. Su historia, en donde se cruzan militancia, combates contra el Estado Islámico (ISIS o Daesh), aprendizajes que lo marcarán para siempre y el recuerdo siempre vivo de camaradas que cayeron defendiendo el territorio, es similar a la de miles de personas de todo el mundo que decidieron llegar a una Siria en plena guerra para sumarse a la resistencia encabezada por el pueblo kurdo.

Por supuesto, Kemal tiene un nombre y un apellido, pero prefiere que escriba sobre él con el apodo que eligió en Rojava. Sabe que muches otres internacionalistas que volvieron a sus países –sobre todo, a Europa- fueron víctimas de la persecución judicial. Aunque los gobiernos europeos siguen declarando públicamente su rechazo al Daesh, a les ciudadanes que fueron a combatir a los seguidores del Califato se les catalogó en más de una ocasión como “terroristas” y fueron llevades ante los tribunales.

Hablo varias veces con Kemal. Nos separa un océano, pero no es inconveniente para que me cuente su historia. “Sobre mis datos personales, tan solo te puedo decir que soy de Aragón, España”, resume. Y me pide disculpas si prefiere dejar en ese punto su vida personal.

Kemal se describe como “un tipo normal” que tuvo “trabajos normales”, que “le gusta practicar deportes” y con una militancia dentro del anarquismo que le permitió desarrollar una “conciencia política”. Su historia dentro del movimiento libertario español se cruzó con el proceso político y social que emergió en 2012 en Rojava, cuando la población del norte de Siria declaró la autonomía, e impulsada por el movimiento kurdo, decidió que era hora de cambiar su vida de forma radical.

“Tengo que decirte que la militancia, tal como la conocemos en Occidente, es completamente diferente a lo que significa en Rojava y en la esfera del movimiento kurdo –apunta el aragonés-. Yo tan solo tomé la decisión de luchar por les que no tenían tanto. No sé si te lo comenté la otra vez, pero para mí el gesto que hicieron tantos miles de extranjeros que vinieron a luchar a España contra el fascismo en las Brigadas Internacionales tiene un gran valor. Hacer lo mismo por otra gente me pareció la mejor manera de honrar su memoria”.

Hevales

Con cada foto que me envió, Kemal agregó un comentario. En una dice: “Heval Chekdar. Un tipo estupendo, rebosante de buen humor y buena persona. Cayó en la operación de Raqqa”. En otra: “Ella fue nuestra comandante en Manbij. Heval Eylan, posiblemente la mejor comandante que tuve. Podría hablarte mucho de ella, pero para otra vez. Cayó justo al día siguiente de separarnos, a manos de un ataque de Turquía cuando estábamos en la operación de Al Bab. Al otro extremo, está Heval Ismael”.

“Heval”, en la lengua kurda, es sinónimo de “camarada”, “compañero” o, simplemente, “amigo”.

Junto a otra foto, Kemal cuenta: “El día que cayó Manbij. El que está abajo es Heval Lorence. El tipo con más sentido del humor que jamás pudiste imaginar en una guerra. Cayó en la batalla de Raqqa”.

Manbij y Raqqa son algunas de las ciudades del norte de Siria en donde el español combatió contra Daesh, luego de alistarse en las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), las fuerzas de autodefensa kurda que liberaron el territorio y lo defendieron de la maquinaria de muerte que el Estado Islámico desplegó durante varios años en Siria e Irak.

La llegada de este militante anarquista al Kurdistán sirio no fue una casualidad. Al calor de la denominada Primavera Árabe, la lucha del pueblo kurdo despertó simpatías de todo tipo en el mundo entero. Los contingentes de internacionalistas no dejaron de arribar a un territorio asediado por el régimen sirio, por el Daesh y por el Estado turco, que hasta el día de hoy sigue bombardeando la región y mantiene ocupadas de forma ilegal varias zonas, como es el caso del cantón de Afrin, invadido en 2018.

Entre les voluntaries internacionalistas, hubo desde militantes anarquistas y comunistas hasta ex marines estadounidenses y católicos de derecha. En ese torbellino de personas difícil de describir, estuvo Kemal.

El momento histórico

“Yo conocía la lucha del pueblo kurdo y simpatizaba con ella, aunque no me identificaba con la ideología del PKK”, dice Kemal, en referencia al Partido de los Trabajadores de Kurdistán, la organización político-militar con más de cuatro décadas de existencia y que pelea por la liberación del pueblo kurdo.

“Fue siguiendo los acontecimientos de la guerra de Siria y la batalla de Kobane cuando conocí el cambio de paradigma del PKK y el confederalismo democrático, que es la consecuencia de ese cambio –explica-. Como anarquista, me sentí identificado con esa evolución ideológica que, aunque a priori parecía natural, era lo contrario a lo que la historia nos venía demostrando”.

La batalla de Kobane, en 2015, fue el punto de inflexión para Kemal. Durante tres meses, las YPG junto a las Unidades de Protección de las Mujeres (YPJ) defendieron la ciudad kurda que ISIS intentó tomar y ocupar. “Allí me di cuenta del momento histórico que suponía la batalla entre el Daesh y el movimiento kurdo –relata-. Era la lucha de fuerzas completamente antagónicas, que podía determinar el futuro de muchos millones de personas en Oriente Medio”.

Sin perder tiempo, Kemal averiguó la forma de llegar a Rojava como voluntario. Superando inconvenientes de los más diversos para un viaje nada fácil, Kemal pisó el Kurdistán sirio convencido de que era su lugar de lucha. Las primeras impresiones del territorio, habitado por unos dos millones de kurdes, pero también por personas árabes, armenias, asirias, circasianas y turcomanas que profesan diferentes religiones, vuelven siempre a su recuerdo. “Rojava se encontraba inmersa en un proceso revolucionario –afirma-, muchas veces improvisado debido a la situación de guerra que se encontraba Siria y que había provocado un vacío de poder, que les kurdes iban rellenando sobre la marcha”.

La pequeña Londres

La liberación de Manbij, de mayoría árabe, se concretó en octubre de 2016. Las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), conformadas por las YPG/YPJ y por milicias de otras nacionalidades, estuvieron varios meses combatiendo contra el Daesh, que mantenía ocupada la ciudad. Con ISIS controlando Manbij, su población estaba sometida a la más dura represión, en especial, las mujeres. Las imágenes más conocidas de esa liberación muestran a las mujeres obligadas a llevar niqab, arrojando los vestidos negros al suelo, pisarlos y luego abrazarse con las combatientes de las YPJ.

Kemal vivió esos días de furia, caos y alegrías reprimidas durante mucho tiempo. Combatió contra el Daesh, puso su cuerpo para ayudar a la liberación. “¡Creo que acerca de Manbij podría escribir un libro entero!”, exclama el aragonés. Y después se adentra en sus recuerdos y análisis: “Lo primero que hay tener en cuenta es el contexto histórico y estratégico. En esa época, la Coalición Internacional presionaba a les kurdes para atacar Raqqa, que era la capital política del Daesh, pero les kurdes tenían claro que el objetivo importante era Manbij”.

“La zona de Al Bab y Manbij eran la única franja del territorio del Daesh que era frontera con Turquía y todos sabían que era la principal fuente de suministros del Daesh –detalla-. Conquistando ese territorio, cortaríamos esa fuente. Manbij era la ciudad más importante de las dos, aunque, en Al Bab, la proporción de población kurda era mayor. Y esto nos lleva a una segunda razón: conquistando Manbij y Al Bab, conseguiríamos unir territorialmente los tres cantones donde había triunfado la revolución y el confederalismo democrático: Jazire y Kobane con el aislado Afrin”.

Los combates para liberar ciudades ocupadas por ISIS no solo fueron militares. En muy pocos meses, los yihadistas y mercenarios del Califato habían aplicado –siempre a punta de fusil- un sistema educativo y administrativo que consagraba las más ortodoxas y conservadoras enseñanzas del Islam. Cualquier cuestionamiento a esto tenía como respuesta torturas o directamente la muerte.

Kemal asegura que, en Manbij, “la interacción con los civiles era difícil, por la desconfianza generada por la propaganda del Daesh y porque no permitían a la población evacuar. La gente solo se sentía segura para escapar cuando nos veían y abríamos un corredor seguro. Aunque hubo veces que cientos de personas escaparon corriendo hacia nosotros mientras eran tiroteadas por las fuerzas del Daesh desde la ciudad”.

“La batalla de Manbij fue dura –dice Kemal-. Todos sabían lo que se jugaba allí. El Daesh también era consciente de que se jugaba su principal fuente de suministros y mandó varios miles de sus mejores combatientes para defender este punto estratégico. Había tal concentración de combatientes internacionales que los locales la llamaban ‘pequeña Londres’”.

La vida le gana a la muerte

En esos días de combates descarnados en Manbij, cuesta creer que existieron momentos de ternura. La guerra, la muerte y la violencia parecen arrasarlo todo, pero la fuerza de la vida se abre paso con una tenacidad desesperada. Kemal conoce muy bien sobre esto y lo cuenta: “Recuerdo a un grupo de civiles que evacuábamos mientras vigilábamos el perímetro. Recuerdo que un hombre me gritó algo, parecía enfadado. Al final del grupo, había una anciana que vino hacia mí gritando y me asusté, pero, al llegar, me abrazó llorando y me cubrió de besos”.

Otro hombre, al que el internacionalista le pidió que le enseñara lo que llevaba debajo de la ropa mientras se acercaba, no le hizo caso: se puso a cantar, a bailar y lo abrazó con toda su fuerza. Los recuerdos de Kemal se disparan como si fueran fotografías instantáneas: “Una compañera informó a un grupo de civiles que el niqab ya no era obligatorio. Poco a poco, y con desconfianza, las telas negras fueron cayendo al suelo. Una niña de unos cinco años tiró todo al suelo con decisión, sin pensarlo dos veces. Su hermano pequeño, que estaba a su lado, recogió las prendas de su hermana y se las devolvió. Pero su hermana volvió a tirar todo al suelo con rabia y empezó a saltar y a pisotear todo con energía”.

En una de esas jornadas, mientras la unidad de Kemal se preparaba para un asalto contra el Daesh, un padre con su hija pequeña se acercaron para preguntarles sobre la evacuación de civiles. El hombre y su hija se asombraron cuando les dijeron que “la mujer de pequeña estatura que se encontraba a nuestro lado dando órdenes por radio, era la persona al mando”. “La cara del padre era de incredulidad. Pero la cara de la niña… Era de asombro, como si estuviera contemplando a una superheroína de Marvel. Probablemente, esa niña nunca había visto a ninguna mujer estar al mando de tantos hombres. La cara de esa niña me convenció de que, efectivamente, estábamos cambiando el mundo”, enfatiza el internacionalista.

Como un extraño

Hay algo que se repite entre muches internacionalistas que estuvieron en Rojava y luego volvieron a sus países: sienten un cierto tedio, piensan que la vida cotidiana se repite de forma monótona y que no miran con los mismos ojos al país que los vio nacer. Esto no se debe al frenesí de la guerra, sino el haber atravesado con cuerpos y mentes un proceso revolucionario en el corazón de Oriente Medio.

Le pregunto a Kemal sobre las diferencias que existen entre sus dos estadías en Rojava, separadas más o menos por dos años. “Las diferencias empiezan desde un punto de vista personal –responde-. La primera vez fui motivado por mi deseo de contribuir a la lucha internacionalista y a aprender de la revolución kurda, exactamente igual que une kurde lo haría. La segunda vez ya sabía lo que me iba a encontrar. La primera vez participamos en la batalla de Manbij y en la operación de Al Bab, hasta que nuestras fuerzas nos lo permitieron. Cuando me encontré de vuelta en mi casa, en mi ciudad, me sentía un extraño, un inútil, haciendo trabajos irrelevantes mientras contemplaba, semana a semana, las fotos de mis compañeres caídes en combate”.

Esos sentimientos que cruzaban a Kemal lo hicieron decidirse por volver a Rojava. En su nueva estancia, se integró al Tabour Internacional, conocida también como Tabour Antifa, una unidad conformada solo por internacionalistas. Con la experiencia sobre su espalda, Kemal aceptó responsabilidades mayores en su unidad. En esta segunda etapa, el internacionalista dice que Daesh ya se encontraba “en un claro declive”, tras la liberación de Raqqa, la ciudad que había ocupado y nombrado capital del Califato. Kemal no tiene dudas en afirmar que, en ese entonces, “la amenaza más real venía, como se demostró más tarde, por parte del Estado turco, que nos atacó. Tuvimos que ir a defender Afrin, pero allá la victoria no fue posible, porque el apoyo internacional que teníamos para luchar contra el Daesh sencillamente desapareció. Con el dominio aéreo, era solo cuestión de tiempo que Turquía ganara esa batalla. Lamentablemente, en Afrin perdimos a muches compañeres”.

Un antes y un después

Le pido a Kemal que enumere los aciertos de la Revolución de Rojava. No es una tarea fácil: la claridad en medio de la guerra es un bien muy preciado. Pero Kemal no se amilana y me cuenta que considera que el cambio de paradigma del PKK está entre los aciertos. Con el confederalismo democrático, el movimiento kurdo apostó “claramente por la liberación de la mujer, algo que puede ser determinante y que está cambiando la vida de millones de personas. Esto puede suponer un antes y un después histórico”, afirma. A esto, suma el ecologismo, porque “si no paramos la destrucción del planeta, las luchas políticas no tendrán ningún sentido: no habrá un planeta por el que nos podamos pelear”, indica. Y también nombra la “democracia directa”, a la que califica como “un hecho histórico notable”, ya que “un movimiento revolucionario pudo evolucionar de formas más autoritarias a formas menos autoritarias y participativas”.

De una lucha nacionalista a una internacionalista es otro punto que resalta Kemal. “El líder del PKK, Abdullah Öcalan, abandona la idea de perseguir un Estado propio para buscar la trasformación de los Estados en los que les kurdes viven en modelos más participativos y menos represores”, explica. De la mano con esto, destaca la creación de brigadas internacionalistas en Rojava, porque “la implicación internacional en una revolución, aun siendo característicamente kurda, puede tener gran importancia a nivel mundial”.

La última característica que apunta Kemal es la integración de los diversos pueblos del norte de Siria frente a la asimilación impulsada, en este caso, por el Estado sirio. “En la Revolución de Rojava y en nuestra lucha contra el Daesh, liberamos muchos territorios que no estaban demográficamente poblados por kurdos –analiza-. Sin embargo, les kurdes han sufrido a lo largo de la historia el intento de asimilación de su cultura y elles no quieren hacer lo mismo con los demás. Así, encontramos en Rojava todo un mosaico de diferentes pueblos, culturas, religiones y tribus, cada una con su parte de autonomía dentro de esta gran federación. Esta apuesta por la descentralización es una ventaja y un defecto a la vez: por un lado, evita la asimilación y el imperialismo, pero también evita que los avances de la revolución lleguen a todos los rincones por igual”.

“Me duele cada heval que perdí”

Sobre los errores que se cometen en Rojava, Kemal me dice que va a referirse a las críticas que en su momento hizo cuando estaba en el norte de Siria. La llegada al territorio para sumarse a la lucha fue compleja, señala el internacionalista, porque, a las trabas que ponen los propios gobiernos europeos, hay que sumar que “la gestión de los kurdos que estaban en Bashur (Kurdistán iraquí) era deficiente. Nosotros conseguimos ser enviados a Rojava tras mucha insistencia, pero muches compañeres que venían detrás nuestros desistieron tras la cantidad de problemas que encontraron”. No hay que olvidarse, dice Kemal, que las autoridades del Gobierno Regional de Kurdistán (GRK) -administrado por el Partido Democrático de Kurdistán (PDK) y aliado fundamental de Turquía- “hicieron todo lo posible para que sus compatriotas kurdos no recibieran ayuda internacional”.

Kemal también aborda la cuestión militar: “Las fuerzas kurdas tradicionalmente están acostumbradas a luchar en terreno montañoso, que es su hogar natural y allí se desenvuelven muy bien. Pero no estaban acostumbrades a luchar en una guerra convencional en un terreno llano y luego en las ciudades. Hay que tener en cuenta que el kurdo es un pueblo orgulloso (no le queda más remedio), que prefiere aprender las lecciones por sí mismo a que se las enseñe alguien de afuera. También dan más importancia al entrenamiento ideológico que al entrenamiento militar. Y esto, claramente, se traduce en vidas perdidas”.

“Les kurdes aceptan con orgullo el hecho de que caer luchando por el pueblo es el mayor honor que une puede tener -remarca el voluntario internacional-. Pero a mí, que conviví tanto tiempo con tanta gente que ahora no está, me duele cada heval que perdí”. A esta reflexión, Kemal agrega: “El error de les kurdes fue no facilitar a todes les combatientes internacionales la misma oportunidad, permitiendo que muches internacionales volvieran a casa solo con la experiencia traumática de la guerra y la destrucción, sin darles la oportunidad de conocer la otra cara de la revolución”.

Kemal trae al presente otro recuerdo. Cuando terminó la batalla en Manbij y la operación en Al Bab, sus comandantes le permitieron a él y a otros internacionalistas pasar unos días “en el ámbito civil”. “Para nosotros fue una maravilla, porque después de meses de guerra y lucha encarnizada, los ánimos estaban bajos –cuenta-. La visita a la vida civil te da la oportunidad de ver no solo lo que estábamos destruyendo (los meses previos de guerra), sino todo aquello que la revolución estaba creando. Conocer las academias, la universidad, el TEV-DEM (sistema de participación asambleario), el Kongra Star (la organización de mujeres), etc. Para nosotros fue un soplo de aire fresco”.

Kemal marca lo que considera un último desacierto: “La falta de autonomía en los internacionales. Durante la guerra civil española, a les brigadistas se les permitió crear sus propios grupos autónomos por nacionalidades, sindicatos, etc. Y desempeñar un papel principal en los combates. En Rojava, desde la Academia Militar Internacional hasta el frente, los mandos estaban ocupados por kurdos que, en muchos de los casos, no entendían a los internacionales”.

Lo que aprendí

Después de varios meses de conversaciones, intercambios de mensajes y consultas varias, con Kemal vamos terminando una charla-entrevista marcada por la distancia. Su vida y su experiencia en Rojava se multiplican en muchos hombres y mujeres que optaron por sumarse a la resistencia de los pueblos del Kurdistán sirio. Le digo que me cuente sobre su aprendizaje. Kemal se explaya: “Lo más importante es el sentido de comunidad de les kurdes. Para elles, el bien común está por encima del bien individual y eso no se negocia. No te das cuenta hasta qué punto ha calado el capitalismo y el individualismo entre nosotres hasta que vives la experiencia de Rojava. En Rojava, compartes con un grupo de personas, a veces de diferentes ideologías, prácticamente todo: el trabajo, la comida, la responsabilidad y la toma de decisiones, el descanso, el entrenamiento, la lucha y hasta la vida. Cuando vuelves a casa, te das cuenta de que incluso entre gente revolucionaria te cuesta encontrar una ayuda si la otra persona tiene algo mejor que hacer”.

Entre los aprendizajes, Kemal remarca la práctica del tekmîl, la forma de crítica y autocrítica que utiliza el movimiento kurdo entre sus militantes. Esa herramienta de discusión y evaluación que “sirve para criticar abiertamente algo que no te gusta y también para hacer una autocrítica honesta”. “Hay que tener en cuenta que les kurdes tienen la costumbre de hacer crítica y autocríticas constantemente, y esto se toma como algo natural. Sin embargo, en la militancia de Occidente, se tiende a tomar la crítica como un ataque personal o un ataque al movimiento”, sintetiza.

La guerra, sus consecuencias y marcas profundas vuelven a las palabras del internacionalista. Todo eso, “me enseñó a valorar lo que tengo en mi hogar”, dice. “Cuando regresas y ves los problemas de la gente, te das cuenta de lo alejades de la realidad que vivimos en el denominado primer mundo –finaliza Kemal-. También en el ámbito revolucionario: los que vivimos en el primer mundo nos pensamos que somos la vanguardia del pensamiento revolucionario mundial cuando, en el fondo, nuestro ego nos impide ver que, en realidad, deberíamos aprender las lecciones en vez de darlas”.

FUENTE: Leandro Albani / La tinta

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