Para los kurdos, la cínica realpolitik de Kissinger puso fin a un siglo de traición de Estados Unidos

La palabra turca “ferman”, que significa orden o decreto estatal como los emitidos bajo el Imperio Otomano, ha pasado al idioma kurdo y, en particular, al dialecto kurdo hablado por la minoría religiosa yazidí como sinónimo de “asesinato en masa” o “genocidio”. Un “ferman” otomano precedió al genocidio de hasta 1,5 millones de armenios durante la Primera Guerra Mundial, mientras que los yazidíes comúnmente hablan de 74 “fermans” o campañas de matanza y exterminio en masa contra su pueblo asediado, que culminaron en el genocidio de 2014 a manos de ISIS.

Como sugiere el término, las directivas estatales centralizadas con demasiada frecuencia han resultado en la masacre o intento de exterminio de minorías religiosas y étnicas de Medio Oriente. Pero en la era de la realpolitik del siglo XX y la hegemonía estadounidense, que el secretario de Estado, diplomático y eminencia gris Henry Kissinger presidió como una deidad con gafas en el campo de batalla, las muertes masivas se produjeron tanto por omisión como por comisión. En la perspectiva ultrarrealista de Kissinger, el Estado y sólo el Estado podría servir como vehículo legítimo o funcional para la política exterior, mientras que las vidas, las experiencias y el sufrimiento de las personas que viven en esos Estados y bajo ellos son basura en el viento. No es de extrañar, entonces, que los kurdos apátridas sufrieran el período más oscuro de su sangrienta historia bajo la dirección burlona y distante de Kissinger, en lo que un autor ha llamado un “proceso despiadado y engañoso, que resultó en la masacre y el desplazamiento de cientos de miles de kurdos”.

Kissinger ha fallecido a los 100 años, en paz, en su casa de Connecticut. Pero muchos millones de kurdos siguen viviendo cada día en condiciones de dolor, luto, privación de derechos, precariedad y desesperación, impulsados por el mismo espíritu que animó el acercamiento de Kissinger a Medio Oriente. Y lo mismo ocurre con muchas más personas corrientes en todo el “Tercer Mundo”, donde Estados Unidos buscaba lograr influencia y dominio absolutos a través de cualquier medio necesario, incluido el respaldo y la facilitación de la violencia estatal genocida, nacionalista y derechista, en lugar de tolerar el riesgo de que creciera la influencia comunista o incluso la elección de políticos sociales o gobiernos democráticos que buscaran recorrer un tercer camino alejándose tanto de Washington como de Moscú.

En este sentido, el trato que Kissinger da a los kurdos iraquíes es paradigmático. Bajo la influencia de Kissinger, los kurdos iraquíes fueron tratados como un activo estratégico, y Estados Unidos explotó las aspiraciones nacionales kurdas y el temor justificado a la violencia a manos de los Estados iraquíes e iraníes vecinos. Bajo los auspicios de Kissinger, el apoyo de Estados Unidos a los kurdos iraquíes fue siempre transaccional, temporal y transitorio. Kissinger desestimó la retirada de esa ayuda y la posterior masacre de hasta 185.000 kurdos iraquíes con un encogimiento de hombros y una mueca de desprecio.

Si esa frase – “temporal, táctica y de transición” – les suena familiar, es porque estos son los términos en los que Estados Unidos ha minimizado públicamente su relación con las fuerzas kurdas sirias, que fueron sus socios clave sobre el terreno en la batalla contra ISIS. Y, efectivamente, ese apoyo desapareció ante la presión turca, lo que provocó la matanza de cientos y el desplazamiento de cientos de miles de kurdos sirios, yazidíes y cristianos en 2019 que vivían en la frontera con Turquía. La famosa máxima de Kissinger –“la acción encubierta no debe confundirse con el trabajo misionero”– circuló después de esa última traición.

En términos realistas, Kissinger por supuesto tiene razón. Los kurdos y sus aliados no pueden esperar que los intereses de una hegemonía enferma, paranoica y hambrienta de poder se alineen con las aspiraciones nacionales kurdas, en contradicción con los intereses de Turquía, el autoritario socio regional de Estados Unidos, y menos aún con la visión liderada por los kurdos de una economía descentralizada.La cooperación inter- étnica está a prueba de fuego en las regiones kurdas y vecinas del norte de Siria. Es una lección que los kurdos han aprendido con bastante frecuencia a lo largo de un siglo de traición, y sus representantes sirios han dejado claro que no esperan ningún “trabajo misionero” de sus antiguos socios estadounidenses y que seguirán su propio camino lo mejor que puedan dentro del marco del conflicto, con límites estrictos circunscritos por la política de las grandes potencias. En los últimos días del Imperio Otomano, “ferman” se convirtió en sinónimo de genocidio: también, bajo los auspicios de Kissinger, la “política exterior estadounidense” se convirtió más que nunca en sinónimo de traición y matanza de inocentes.

FUENTE: Matt Broomfield / Medya News / Traducción y edición: Kurdistán América Latina

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