Campamento Şehîd Tolhildan: una experiencia de cuidado colectivo

“Si no hay significado en la vida somos personas muertas que caminan”, dijo una de las compañeras de Jineolojî, responsable por la educación formativa del Campamento Jineolojî 2022, que aconteció entre el 2 y el 8 de agosto en Euskal Herria, en el Estado español.

El campamento llevó el nombre de Şehîd Tolhildan Raman, quién cayó mártir en la noche del 28 al 29 de agosto de 2021 en las montañas de Kurdistán. Nuestra Şehîd estuvo presente en un altar y todas las Şehîds presentes en las paredes, en los pósteres y en nuestras palabras, eran la representación de la vida que llevábamos adentro. En un tendedero estaba la imagen de Marielle Franco, colgada por las compañeras del movimiento, la imagen de su sonrisa, de los colores que siempre llevaba en sus ropas. Ellas compartían el luto que las brasileñas cargamos como parte de la fuerza de la lucha kurda. Es un puente entre nuestros dolores, entre nuestras rebeldías y es una invitación para que compartamos un horizonte democrático hacia la libertad.

Éramos 50 mujeres en el campamento, mujeres de diferentes raíces, distintas trayectorias, cada una aportando elementos desconocidos por las demás a la educación. Yo no conocía la lucha histórica de Euskal Herria, la importancia de su idioma, de sus movimientos políticos revolucionarios. Fue en este campamento que pude entender los duelos de este territorio que un día le llamaron España, entender que las contradicciones también se viven aquí, la lucha contra los procesos de colonización lo hacen desde muchos espacios, incluso en el interior de la bestia.

Las compañeras de Valencia aportaron con la sensibilidad y fuerza de sus luchas, compartiendo con nosotras las expresiones del cuerpo en el teatro de las oprimidas, porque la lucha y la liberación son expresadas en nuestros propios cuerpos; aprendí con ellas que el compromiso y la alegría están vinculados. Dos compañeras catalanas presentaron la historia de mujeres en la lucha contra el franquismo. Algunas de las mujeres que sintieron la violencia del franquismo en su formación estaban presentes en el campamento. Escuchar las historias desde sus voces nos permitió conectarnos más con este territorio como un espacio de rebeldía, rebeldía de las compañeras que desde muy pequeñas no aceptaron las imposiciones que se formaron sobre el ser mujer. La presencia de estas compañeras y de un niño, hijo de una de las participantes del campamento, fue un regalo para mí, porque son perspectivas normalmente muy alejadas o atrincheradas en los movimientos políticos, pero para la Jineolojî es parte fundamental de la educación: ser democrático es ser plural e intergeneracional.

Yo no fui la única latinoamericana en el campamento. Compañeras de distintos territorios de Abya Yala han participado, unas organizadas en colectivos de migrantes, otras apoyando la lucha sin necesariamente una organización. Todas ellas aportaron a los análisis que hacíamos de las realidades, de los ríos capitalistas y democráticos, hablando sobre las experiencias de violencia en sus territorios de origen y en sus procesos de diáspora, y también de las resistencias del río democrático que cruzan nuestras memorias. Fue en esta memoria de resistencias compartidas que conocí, gracias a una compañera ecuatoriana, la historia de Dolores Cacuango (Mama Dulu), una luchadora indígena ecuatoriana que fue rememorada como nombre de mi comuna.

Conocer a las mujeres que son mártires en otros territorios es un modo de ampliar nuestros horizontes de lucha, es el hilo conductor que nos vincula como mujeres: la resistencia. Dandara Quilombo (1694), Bartolina Sisa (1781), Mamá Dulu (1971), Sakine Cansiz (2013), Berta Cáceres (2016), Marielle Franco (2018)… no hubo un momento siquiera en la historia que las mujeres no resistimos al patriarcado, al capitalismo, al ecocidio, al racismo, a las tantas violencias que las tocaron vivir. Desde sus propias vivencias, nuestras mártires lograron hacer resistencia al poder, como dijo nuestra Şehîd Tolhildan Raman: “Los tiempos que vivimos se escribieron con la sangre de las mujeres que resistieron a la opresión y sacrificaron sus vidas por la libertad”.

Cada campamento que las compañeras construyen en los distintos espacios de Europa, Oriente Medio y Latinoamérica fueron y son germinados por la sangre de nuestras mártires, la tierra que ocupamos fue sembrada por sus cuerpos y de ellos nace nuestra lucha por la libertad.

En la educación que tuvimos los siete días, la historia del movimiento kurdo fue narrada por una compañera kurda a partir de la trayectoria de Sakine Cansiz (Heval Sara), de sus huellas en la lucha de Kurdistán. Con base en eso, aprendimos que el cuidado colectivo es parte fundamental de la ética militante de las compañeras kurdas, cuidar es la crítica, es la confianza que se crea entre compañeras para que una no delate a las demás, es entender que algunas van a ceder, otras necesitan más apoyo, y que la cura es colectiva, siempre colectiva. Aprendí allá que cuidar también es recordarse de las demás, de las que se fueron y de las que siguen en la lucha en este plano. Este sentido del cuidado como memoria y como consideración de la otra dialoga con el sentido aymara del cuidado, ya que en aymara la palabra uñjaña es utilizada tanto para “cuidar” como para “ver”, percibir a la otra persona y recordarla, quitando el sentido paternalista del cuidado como una jerarquía entre la que cuida y la que es cuidada. El cuidado es reciprocidad, es colectivo y es un horizonte para sociedades más democráticas, un horizonte que se construye en el presente de la lucha.

En este sentido, aprendemos de las compañeras de Jineolojî sobre distintos elementos de la ciencia de las mujeres, desde sus críticas hasta sus propuestas. Hicimos un ejercicio de descubrir dónde nos perdimos porque, según Rêber Apo, “es justo ahí donde tenemos que buscar”. Una práctica de escucha de los silencios de la historia que nos gritan al oído, la historia que fue silenciada pero que vive en nuestros territorios, en las prácticas de las mujeres, en su modo de construir una modernidad democrática en las ferias, las comunidades de origen, en las ciudades y en distintos espacios que ocupan. Aprendimos, también, que las emociones deben ser tomadas en cuenta en los movimientos políticos, politizar las emociones es un paso muy importante para la transformación social. Todo el conocimiento producido por Jineolojî nos fue brindado en el recorrido de estos siete días con mucho cariño, con sensibilidad y la fuerza característica de las compañeras internacionalistas.

El espacio “Basoa” que nos albergó en el Valle de Artea, Euskal Herria, es un espacio autoorganizado por compañeras y compañeros para recibir refugiados de diferentes luchas por el mundo, a personas que son obligadas a construir la vida lejos de sus territorios. Traer estos debates de Jineolojî para el interior de Basoa, ocupándolo entre 50 mujeres, diversas, aportando nuestras expresiones culturales, nuestros bailes, nuestras voces y escuchando sus voces, sus versos, fue un ejercicio muy productivo, un intercambio que también es parte de nuestra educación para la liberación. Allí, en Basoa, nosotras reímos, lloramos, bailamos, nos sentimos atravesadas por las historias de cada una, nos enfurecimos por las injusticias contra las cuáles luchábamos, ampliando nuestros horizontes de lucha y nuestras referencias de mundo. Allí aprendimos a cuidarnos, mirándonos y recordando esta experiencia.

Las llevaré conmigo siempre. ¡Jallalla, hermanas!

FUENTE: Chryslen Barbosa / Kurdistán América Latina

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