Irak: el país imposible

No estaba destinado a nacer, pero el fin de la Primera Guerra Mundial propició la reorganización y el reparto, entre Francia y Gran Bretaña, de los territorios conquistados al derrotado imperio otomano en Oriente Próximo. Y, aunque inicialmente, a Londres solo le interesó la provincia de Basora -el tercio sur del actual Irak-, por encontrarse en la cabeza del Golfo Pérsico y ser clave para el transporte marítimo, tras un período de mucha incertidumbre y cambio de posición, al final decidió formar un nuevo Estado incorporando las provincias de Bagdad y Mosul.

Los asesores británicos creyeron que, siendo la población de Basora mayoritariamente chií, los suníes de Bagdad y los kurdos de Mosul equilibrarían el poder y los haría más gobernables, aunque, en el trasfondo de esta unión forzada, se encontraba el interés por los importantes yacimientos petroleros de Basora y Mosul.

Irak nació así en 1920 y, desde entonces, la inestabilidad ha sido la tónica dominante. De 1920 a 1958, el férreo control británico mediante la impuesta monarquía hachemí proveniente del Hejaz -hoy en Arabia Saudí- mantuvo el país unido.

De 1958 a 1968, los diferentes gobiernos republicanos hicieron lo que pudieron, hasta el golpe del partido Baaz. La dictadura aplacó la disensión con extrema crueldad hasta que, en el 2003, la intervención internacional la derrocó, dando inicio al caos sectario y a la peor inestabilidad de su historia.

Tras dos décadas turbulentas, las rivalidades étnicas y religiosas, la corrupción y la injerencia de Irán han situado al país en una peligrosa deriva de violencia, que la dimisión del clérigo chií Moqtada al Sadr, inspirador de la última revuelta, difícilmente podrá aplacar.

La población iraquí lleva años manifestándose en contra de la situación política por la que, pese a los procesos electorales, los líderes de las coaliciones se reparten el poder y los ingentes recursos del petróleo. Irak nada en crudo, pero carece de suministro eléctrico y de agua potable, y los proyectos para la construcción de infraestructuras nunca se llevan a cabo porque el dinero desaparece. El desempleo es rampante y la falta de expectativas alimentan un descontento de este, cada vez, más ingobernable país.

FUENTE: Yashmina Shawki / La Voz de Galicia

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